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Cuando no merece la pena tener colores

Publicado online el 4 de mayo de 2011 | Nature | doi:10.1038/news.2011.267

Cuando no merece la pena tener colores

Un estudio de las aves en la zona de Chernobyl revela que el negro es hermoso.
Lucas Laursen

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[ Las plumas naranjas, como las de esta golondrina (Hirundo rustica), podrían costarle la vida al ave si los niveles de radiación son altos. Rafael Palomo Santana ]

Los accidentes nucleares pueden tener consecuencias devastadoras para las personas y animales que viven en las cercanías de las plantas nucleares dañadas, pero también ofrecen a los investigadores una oportunidad única para estudiar los efectos de las radiaciones en poblaciones imposibles de recrear en el laboratorio.

Tim Mousseau, que dirige la Iniciativa de Investigación sobre Chernobyl en la Universidad de Carolina del Sur en Columbia, junto con un equipo internacional, está estudiando las consecuencias ecológicas y sanitarias a largo plazo del accidente de 1986 en la central nuclear de Chernobyl, Ucrania. Mousseau ha estado estudiando Chernobyl desde 1998 y su último trabajo, llevado a cabo en Francia y publicado en Oecologia el mes pasado, considera que las especies de aves con plumas de color naranja que viven en la zona radiactiva parecen ser más susceptibles a la radiación que sus compañeras grises y negras1. Sugieren que la producción de los pigmentos más coloridos consume moléculas antioxidantes que de otro modo podrían conferir protección frente a la radiación, y que esta compensación molecular está modelando las poblaciones de aves alrededor de dicha planta nuclear.

Contando aves
Uno del equipo, Anders Møller, de la Universidad Pierre y Marie Curie de París, se puso un traje de protección radiológica para poder observar a las aves en cuatro ocasiones entre 2006 y 2009 en el Bosque Rojo y otros lugares alrededor de Chernobyl. En el análisis de 2007 de los datos del primer recuento de aves realizado en la primavera de 2006, Mousseau y Møller encontraron que las aves cuyas plumas tenían colores con brillantes pigmentos carotenoides amarillos y rojos habían disminuido según aumentaban los niveles de radiación, aunque no había correlación comparable para las especies con los colores de la melanina, como marrón, negro y marrón rojizo2. El nuevo estudio incluso analiza los diferentes efectos protectores de los diferentes tipos de pigmentos de melanina.

“Otros investigadores habían estudiado las melaninas en hongos cerca de Chernobyl. La eumelanina ayuda a protegerse a los hongos”, afirmó Ismael Galván, biólogo de la Universidad de París-Sud y colaborador en el nuevo estudio junto con Mousseau y Møller. Sin embargo, otro tipo de melanina, la feomelanina, es un pigmento de color rojo claro, que da su color a los pelirrojos y a las aves del Bosque Rojo, como la abubilla (Upupa epops), su distintivo color marrón claro y su corona naranja.

El coste del color
Estos elegantes tonos naranja pueden atraer a sus parejas o ayudar a los pájaros a camuflarse en su entorno, pero tienen un coste químico. Hacer feomelanina consume grandes cantidades de un tripéptido denominado glutatión (GSH), molécula antioxidante que puede proteger los tejidos del daño de la radiación mediante la eliminación de radicales libres. El glutatión no es necesario para fabricar eumelanina. Por este motivo, el equipo decidió comparar los efectos de la presencia de los pigmentos eumelanina o feomelanina en la distribución y abundancia de las especies de aves en el Bosque Rojo. Según la hipótesis de Galván, producir demasiada feomelanina consumiría las reservas de un pájaro de GSH, por lo que sería más susceptible a la radiación.

Los investigadores volvieron a analizar los datos de 97 especies de aves en busca de las diferencias entre las aves marrones y naranjas, asignando una puntuación de feomelanina de 0 a 5 en función de la intensidad y el alcance de los colores, y las aves de color gris o negro, a los que asignaron una puntuación de eumelanina. Resultó que los niveles de eumelanina no se correlacionaban con la abundancia de aves en función de la radiación de fondo, pero las aves con niveles relativamente altos de feomelanina disminuían según aumentaban los niveles de radiación.

Kevin McGraw, biólogo de la Universidad Estatal de Arizona, Tempe, afirmó que los pigmentos son buenas herramientas ecológicas: “Estos colores son indicadores reales de la viabilidad de la población y la salud individual. Si pudiéramos reunir datos a largo plazo antes de estos desastres podríamos analizar los cambios que se producen debido a los seres humanos”.

Sin embargo, él y otros biólogos han discutido durante años que la calificación visual de los pigmentos no es tan convincente como el análisis químico, pero el tamaño del estudio lo complica: “Sería difícil pedir un análisis completo de los pigmentos de 97 especies”, aunque Galván y sus colegas están intentando hacer exactamente eso: el verano pasado recolectaron muestras de sangre para cuantificar los niveles de antioxidantes y pigmentos.

Ahora Mousseau está planificando estudios en Japón después de la catástrofe en la central nuclear de Fukushima. Yukie Kajita, entomólogo de la Universidad de Kentucky en Lexington, cuya ciudad natal de Koriyama está cerca de Fukushima, afirmó que aunque los elementos radiactivos liberados en Fukushima son diferentes de los liberados de Chernobyl, los investigadores quieren diseñar estudios allí tan pronto como sea posible.

“La gran pregunta es si estas observaciones permitirán hacer predicciones sobre otras zonas radiactivas en el mundo”, comentó Mousseau.

Referencias

1. Galván, I. et al. Oecologia 165, 827-835 (2011).
2. Møller, A. P. & Mousseau, T. A. J. Appl. Ecol. 44, 909-919 (2007).

 
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