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Placenta al rescate

Publicado online el 1 de agosto de 2011 | Nature | doi:10.1038/news.2011.449

Placenta al rescate

En épocas de hambre, la placenta protege al feto de la disfunción cerebral.
Zoë Corbyn

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[ La placenta es un protector activo, no una fuente de alimentación pasiva. Derek Bromhall / Getty Images ]

Durante mucho tiempo se ha creído que la placenta era un órgano pasivo que simplemente permitía al feto absorber los nutrientes de su madre. Pero una nueva investigación en ratones muestra que cuando se restringen las calorías, la placenta salta a escena y se sacrifica activamente para proteger el cerebro fetal de cualquier daño.

Los investigadores de la Universidad de Cambridge, Reino Unido, analizaron lo ocurrido en 10 fetos de 8 ratones cuando se privó de comida a sus madres embarazadas durante 24 horas –tal y como podría ocurrir en la naturaleza– en medio de la gestación. Esta etapa del embarazo es fundamental en el desarrollo del hipotálamo, la parte del cerebro que controla los impulsos primarios, incluyendo los instintos maternales.

Los neurocientíficos del comportamiento Kevin Broad y Barry Keverne descubrieron que la placenta respondió degradando su propio tejido y reciclando las proteínas dentro de sus células para proporcionar un suministro constante de nutrientes al hipotálamo en desarrollo a pesar de la interrupción de la ingesta alimentaria de la madre. Su estudio se ha publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences1.

“Antes no sabíamos que tuviera lugar esta protección del feto –afirmó Keverne–. Yo esperaba que la falta de alimentos afectase al cerebro fetal y a la placenta por igual, pero hemos podido observar cómo la placenta se asegura de proteger el desarrollo del cerebro fetal.”

La huella del hambre
Además de causar la degradación de la placenta, el hambre impuesta afecta a la expresión de algunos “genes impresos” en la placenta. Estos genes, exclusivos de los mamíferos, se heredan por el feto de la forma habitual, pero su expresión está sujeta a ajustes químicos “epigenéticos” de la madre a través de la placenta. Al silenciar la copia paterna o materna del gen, la madre puede modular el destino genético de su descendencia durante el embarazo.

Uno de estos genes es Peg3, que regula el número de neuronas que producen oxitocina, una importante hormona para la atención materna, la producción de leche y el parto. Normalmente, la expresión de Peg3 en la placenta está estrechamente vinculada con la expresión del gen en el cerebro fetal. Después de que la madre estuviera 24 horas sin alimentos, los investigadores midieron una disminución del 35% en la expresión placentaria de Peg3. Sin embargo, la expresión de Peg3 en el hipotálamo del feto aumentó.

Los investigadores afirmaron que, al igual que con el aporte de nutrientes, el feto parece estar protegido de las consecuencias de la hambruna de la madre; en este caso, la regulación a la baja de un gen que amenaza a la capacidad de maternidad de la siguiente generación y, por lo tanto, al éxito reproductivo.

“La placenta se asegura de proteger el desarrollo del cerebro fetal.”

El mensaje principal es que el hipotálamo del feto y la placenta “no son tejidos independientes”, declaró Keverne. “Han evolucionado juntos de tal manera que, integrados en el sistema, proporcionan una flexibilidad genética que permite a la siguiente generación prepararse para convertirse en una buena madre.”

Los investigadores no estudiaron si los cambios genéticos causados en la placenta por la falta de alimentos se traducen en la futura madre como una reducción de su instinto materno. Sin embargo, Michael Skinner, experto en biología reproductiva de la Universidad Estatal de Washington, en Pullman, cree que es posible y le gustaría analizar más esta dirección. Según señaló, la placenta se comunica con el hipotálamo de la propia madre. “Las hormonas producidas por la placenta cambian la programación de la madre. Si esto afecta al cerebro de la madre es pura especulación, pero si [el hambre] es lo suficientemente larga, podría hacerlo.”

Keverne subrayó que los resultados en ratones no necesariamente pueden extrapolarse a los humanos, en los cuales, además, no puede llevarse a cabo este tipo de estudios por razones éticas.

Sin embargo, se pregunta si, una vez que nazca el bebé, la medida de los niveles neuronales de expresión génica en la placenta podría proporcionar una ventana a la función cerebral de ese bebé. Su experimento de privación de alimentos también mostró cambios en la expresión de más de 200 genes no impresos en la placenta. 41 de estos genes se han asociado con trastornos neurológicos y 2 se han identificado como marcadores para la esquizofrenia.

“En este caso, el cerebro es rescatado por la placenta –afirmó–. Pero es de suponer que si la perturbación hubiera sido más grave, habría afectado al hipotálamo del feto, lo que se podría analizar observando la placenta.”

Vínculos externos

Barry Keverne
Michael Skinner

 
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