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Afrontar la crisis de la biodiversidad

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Afrontar la crisis de la biodiversidad
En el año 2002, los gobiernos de todos los países acordaron que en 2010 debía haberse reducido considerablemente la velocidad de pérdida de biodiversidad. El plazo casi ha concluido y en la mayoría de los casos se ha fracasado. Ahora que el cambio climático surge como una de las grandes amenazas para la biodiversidad, los científicos proponen nuevas formas de abordar la crisis.
Hannah Hoag

Nature Reports Climate Change 2010; 4: 51-4

Un código de barras para la vida

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[ La oruga común Copaxa rufinans en el Área de Conservación Guanacaste, al noroeste de Costa Rica. Dan Janzen ]

En julio de 2009, por cuarto año consecutivo, un enjambre de biólogos se dispersó por la tundra cerca de Churchill, Manitoba, al norte de Canadá. Recogieron restos de plantas y animales —plumas y pelo, cachipollas y polillas— de la tierra, los lagos, los ríos y el mar. En el laboratorio se pulverizaron e identificaron las muestras utilizando hebras cortas de ADN: un código de barras único para cada especie. Hasta ahora, el equipo —dirigido por Paul Hebert, biólogo evolutivo de la Universidad de Guelph en Canadá, que inventó el código de barras de ADN (Proc. R. Soc. B 270, 313-321; 2003) para acelerar el proceso taxonómico— ha identificado más de 4.000 especies en sus expediciones al norte, entre las que se encuentran avispas parásitas que se habían observado en Norteamérica pero nunca antes en el Ártico canadiense.

“La primera misión de la conservación es diferenciar las especies”, afirmó Hebert. Antes de utilizar los códigos de barras, las muestras biológicas se identificaban por su morfología, comportamiento y genética. Esta técnica supondrá un “salto cuántico” en la velocidad a la que se registran las especies, declaró Hebert. Lo que antes se hacía en meses ahora puede hacerse en horas. También es un estímulo para la biodiversidad: la aplicación de códigos de barras ha demostrado que una especie es, en realidad, tres o diez (Evol. Biol. 7, 121; 2007).

Dan Janzen, ecologista tropical y biólogo de la conservación que reparte su tiempo entre la Universidad de Pennsylvania en Philadephia y el Área de Conservación Guanacaste (ACG) en Costa Rica, comprende el valor del código de barras de ADN. Su trabajo consiste en identificar unas 12.500 especies de oruga en el ACG —una zona del tamaño de la ciudad de Nueva York y su periferia—. En sus años de estudio de esta área de conservación ha sido testigo de los cambios en la biodiversidad. El primero es que las especies que estudia están desplazándose hacia las montañas.

En los años noventa y antes, la oruga común Copaxa rufinans podía encontrarse entre 400 y 1.200 metros de altitud en los bosques tropicales del ACG. Su pariente más localizado, Copaxa curvilinea, vivía en altitudes más bajas —entre 100 y 500 metros en el ACG. En la última década, las orugas de C. rufinans han desaparecido prácticamente de la zona entre 400 y 700 metros del ACG, mientras que C. curvilinea es habitual en la zona entre 500 y 700 metros. Al mismo tiempo, relató Janzen, la temperatura de los bosques tropicales ha aumentado y la estación seca se ha alargado e intensificado. “C. rufinans ha abandonado mayoritariamente el extremo inferior de su distribución en el ACG y C. curvilinea ha ampliado su distribución en las llanuras, subiendo al menos 200 metros en estos últimos diez años”, afirmó Janzen.

Por lo general, está previsto que las especies de todo el mundo intenten desplazarse a altitudes superiores a medida que aumenta la temperatura. Según madura la tecnología del código de barras de ADN, podemos imaginar que los científicos utilizarán decodificadores de AND portátiles para documentar dichos cambios en la biodiversidad de una región o para identificar rápidamente zonas que contengan especies interesantes. “Si nos hemos embarcado en un juego de selección, nos interesa preservar aquellas que sean genéticamente diferentes”, señaló Hebert.

Apoyar la biodiversidad

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[ Al depósito de Svalbard llegan cajas de semillas de todo el mundo. Fondo Mundial para la Diversidad de Cultivos ]

En 2008, los científicos empezaron a apilar en las estanterías del Depósito Mundial de Semillas de Svalbard en Noruega cajas de color gris oscuro procedentes de todo el mundo. Trigo de Suecia, arroz de Filipinas y maíz de México —más de 522.000 muestras de semillas de todo el mundo se conservan a −18 °C en un almacén subterráneo, como cajas de seguridad de un banco.

Gestionado por un acuerdo tripartito entre el gobierno noruego y dos organizaciones dedicadas a la conservación —el Fondo Mundial para la Diversidad de Cultivos y el Centro Nórdico de Recursos Genéticos—, el objeto del depósito es salvaguardar la diversidad genética de los cultivos que proporcionará los recursos para que la agricultura se adapte al cambio climático. Aunque hay bancos de semillas en el mundo, el depósito de Svalbard es una póliza de seguro contra la pérdida de semillas que se conservan en otros sitios.

La mayoría de los cultivos actuales se han seleccionado cuidadosamente para adaptarse a las características del clima actual. Según los estudios de modelización, el cambio climático empezará a afectar negativamente a las cosechas aproximadamente en el año 2050. En el Sur de África, por ejemplo, se prevé que la cosecha de maíz disminuya hasta un 30% si la temperatura sube 1 °C (Science 319, 607-610; 2008). Con una subida de 2 °C, más del 80% de la tierra de los países africanos no será apta para los cultivos que ahora crecen en ella (Glob. Environ. Change 19, 317-325; 2009). “Supondría una crisis de alimentos”, declaró Cary Fowler, director ejecutivo del Fondo Mundial para la Diversidad de Cultivos. Fowler dijo que es probable que en el futuro los agricultores tengan que adaptar sus costumbres y utilizar cultivos similares procedentes de otros lugares. Pero si las variedades actuales no se adaptan a los climas del futuro, podrían cultivarse por ejemplo nuevas variedades con tolerancia a la sequía o a las plagas, utilizando semillas de los bancos mundiales o del depósito de Svalbard como último recurso.

Los cultivos domesticados no son los únicos en peligro: según un estudio (Agric. Ecosys. Environ. 126, 13-23; 2008), entre el 16 y el 22% de los parientes silvestres de la judía carilla, el cacahuete y la patata podrían haberse extinguido en el año 2055. Expertos como Kenneth Street, científico de recursos genéticos del Centro Internacional de Investigación Agrícola en Zonas Áridas de Aleppo, Siria, están haciendo un seguimiento de estos parientes silvestres que podrían utilizarse para estimular la diversidad genética de un cultivo y su resistencia al cambio climático. Usando mapas electrónicos que muestran el tipo de suelo y el clima, estos modernos cazadores de semillas identifican los entornos con condiciones favorables a la diversidad genética. “Normalmente viajamos a las tierras altas o tierras marginales donde las variedades modernas no podrían crecer, donde los granjeros se ganan la vida a duras penas con cultivos marginales o utilizando todavía variedades tradicionales”, afirmó Street. “Nos concentramos en zonas que probablemente vayan a tener condiciones más secas, más cálidas o de mayor salinidad.” Una expedición reciente a Tayikistán condujo a Street hasta un pueblo remoto donde los agricultores le entregaron una colección de semillas de trigo, una de las cuales ofrecía resistencia a las chinches, un insecto que habita en zonas templadas y destruye las cosechas de cereales en zonas secas y calientes. “Seguimos buscando nuevas fuentes de resistencia”, aseguró.

“Para algunos la agricultura es el enemigo en el debate sobre el cambio climático: produce muchos gases de efecto invernadero —señaló Fowler—. Pero tenemos que asegurarnos de que la agricultura se adapta. De lo contrario todos nuestros esfuerzos sobre el cambio climático habrán sido en balde.”

El precio de la naturaleza

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[ La organización The Nature Conservancy invierte en la conservación de las cuencas fluviales colombianas, entre las que se encuentra la del Parque Nacional de Chingaza, que suministra agua a Bogotá. Alejandro Calvache ]

Nueve cuencas fluviales discurren por el valle del Cauca, una región del sudoeste del país encajonada entre dos de las cordilleras andinas de Colombia. Durante siglos su riqueza ha atraído a la gente, que primero explotaba los recursos para la agricultura y la ganadería y posteriormente para generar energía hidroeléctrica. Actualmente la producción de caña de azúcar domina la industria del valle.

“Hay muchas tensiones derivadas del uso del agua. El sector de la caña de azúcar está sediento, pero la gente que vive allí también necesita agua para su vida diaria y para beber”, declaró Alejandro Calvache, especialista en fondos de agua de The Nature Conservancy, desde su sede en Cartagena, Colombia. TNC, en colaboración con la asociación de productores de caña de azúcar, organismos medioambientales de la región y distintas organizaciones de base, está creando un fondo para el agua que supervisará un amplio programa de reforestación, protección de las aguas, mejora del suelo, educación y formación. Al invertir en los servicios del ecosistema regional, el proyecto —que se llama “Agua por la Vida y la Sostenibilidad”— pretende reducir el impacto del cambio climático y las amenazas para la biodiversidad.

Los fondos para agua existen en todo el mundo para la conservación de las cuencas fluviales, pero éste es el primero que incluye una modelización del cambio climático para poder orientar las inversiones. El Centro Internacional de Agricultura Tropical, una institución de investigación de Colombia, está modelizando distintas situaciones para determinar los efectos del cambio climático en los recursos hídricos locales. Estas hipótesis se introducen en una herramienta de toma de decisiones asistida por ordenador llamada InVEST, que ha sido desarrollada por el Natural Capital Project, una sociedad constituida por TNC, la Universidad de Stanford y el World Wildlife Fund. InVEST identifica las áreas donde no es probable que el cambio climático ponga en peligro las actividades en las que se ha invertido el fondo del agua —como el fomento de la reforestación de una colina o la enseñanza de prácticas ecológicas para la cría de ganado bovino— y sus beneficios. “Tradicionalmente la conservación ha tocado la fibra sensible de la gente —afirmó Heather Tallis, investigadora jefe de Natural Capital—. Intentamos apelar a lo que le corre por las venas, como es el agua potable.”

No obstante, algunos investigadores advierten que las exactas previsiones climáticas regionales siguen plagadas de dudas (Nature 463, 284-287; 2010), por lo que hay que tener cuidado si se van a utilizar para tomar decisiones sobre inversiones. Pero Calvache dice que uno de los puntos fuertes del enfoque basado en el clima es su flexibilidad. “Puedes invertir dinero, ver qué ocurre y si han sido los mayores beneficios en cuanto a objetivos de conservación —señaló—. Hay muchas dudas sobre el cambio climático… Ser flexibles es muy importante.”

Traslado de especies

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[ La mariposa cola de golondrina, una de las especies candidatas a la reubicación asistida. Jessica Hellmann ]

En los años setenta, el carpodaco morado era un visitante frecuente de los comederos para pájaros de Estados Unidos. Este pájaro de color rojizo criaba en Canadá en verano y pasaba el invierno en el centro y sur de Estados Unidos. Cuarenta años después, sus patrones de vuelo han cambiado. A medida que han aumentado las temperaturas, las migraciones al sur se han acortado unos 700 kilómetros.

Algunas especies han trasladado su ámbito en respuesta al cambio climático, pero no todas serán capaces de mantener este ritmo. Camille Parmesan, bióloga integradora de la Universidad de Texas en Austin radicalizó su postura cuando se dio cuenta de esto. Se imaginó que algunas especies en peligro podrían rescatarse alejándolas deliberadamente de lugares sin salida y reubicándolas en climas más apropiados, una intervención que se denominó “migración asistida”, “colonización asistida” o “reubicación controlada” (Science 321, 345-346; 2008).

Ha habido algunos indicios de reubicaciones asistidas hasta ahora, y Parmesan no ha intervenido en ninguna de ellas. Pero esto puede cambiar pronto. Parmesan sugiere que el Fish and Wildlife Service de Estados Unidos utilice la reubicación controlada para salvar al hespérido de Laguna Mountain, una pequeña mariposa blanca y negra en peligro de extinción que sólo se encuentra en dos o tres cumbres del sur de California. “Hay montañas cerca, más al norte, algunas más elevadas y que tienen las plantas huésped. Podrían trasladarse fácilmente sin muchos problemas”, dijo Parmesan.

Pero la migración asistida no convence a todos por igual. “Es jugar con la ecología”, aseguró Anthony Ricciardi, biólogo de especies invasivas de la Universidad McGill de Montreal. “No conocemos las repercusiones tan bien como para dedicarnos con seguridad a la colonización asistida de forma habitual.” Hay riesgos. Si la especie en cuestión es una pica americana o un pino de Torrey, su introducción intencionada podría pasar enfermedades a las especies huésped o podría volverse invasora y acabar con la fauna autóctona.

“La intención puede ser buena, pero en muchos casos traerá consigo grandes riesgos”, afirmó Jessica Hellmann, bióloga de la conservación en la Universidad de Notre Dame en Indiana, quien recientemente propuso un marco de toma de decisiones para la “reubicación controlada” que puede servir para caracterizar la incertidumbre y establecer prioridades (Proc. Natl Acad. Sci. USA 106, 9721-9724; 2009). Ricciardi señala que a menos que se llegue a la raíz de la causa del cambio climático, la migración asistida “como mucho salvará temporalmente una especie, hasta que haya que volver a trasladarla”. No obstante, señaló Parmesan, “este pequeño calentamiento ya está provocando problemas de conservación. Hay que poner más voluntad para hacer algo un poco más arriesgado. No hay una opción sin riesgos.”

Un parque móvil

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[ La tortuga boba podría beneficiarse de las zonas de conservación flexible que se desplazan a medida que cambian los gradientes de temperatura de los océanos. Istockphoto / MCE128 ]

En el transcurso de un año la tortuga boba, una especie en peligro de extinción, deambula por el océano alimentándose de medusas y crustáceos por los distintos frentes de temperatura de la superficie marina. La posición e intensidad de estos gradientes térmicos, que se deben a la circulación de los océanos, seguramente van a modificarse con el cambio climático, alterando los lugares preferidos de las tortugas. Pero no se sabe con certeza dónde y cuándo se trasladarán. El rango dinámico de la tortuga boba supone que las áreas marinas estacionarias quizá no protejan adecuadamente a la tortuga. Pero un área de protección móvil que se desplace en el tiempo y en el espacio, siguiendo los frentes de temperatura de la superficie del mar podría ser una buena solución (Conserv. Biol. 24, 70-77; 2010).

Los enfoques tradicionales para la conservación daban por supuesto que las especies estarían siempre en el mismo sitio: si se protegía una zona geográfica, las especies que vivían en ella estarían protegidas para siempre. Pero las especies no se quedan quietas cuando las temperaturas quedan fuera de su zona de confort. Esta constatación ha cambiado las ideas sobre las estrategias de conservación, declaró Lee Hannah, investigador principal de la biología del cambio climático del Centro de las Ciencias Aplicadas de la Biodiversidad de Conservation International en Santa Barbara, California.

La mayoría de los barcos de pesca están equipados con sistemas de posicionamiento global, lo que permite señalar las zonas de captura irregulares, móviles y prohibidas. “Es un concepto de alta tecnología al que le ha llegado el momento —afirmó Hannah—. Si se pudiera configurar así no se necesitaría una bola de cristal perfecta. La protección evolucionaría según se necesitara.”

El concepto podría aplicarse a otras especies marinas como los tiburones y las ballenas, y a animales terrestres. Todos los animales amenazados por el cambio climático podrían llevar una etiqueta con receptores microscópicos que podrían seguirse en el tiempo y el espacio, pudiendo modificar la zona protegida a medida que los animales se desplazan para alimentarse y procrear en cada estación.

Un IPCC para la biodiversidad

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[ El IPBES ofrecería asesoramiento científico a los gobiernos sobre los servicios para la sociedad que proporcionan ecosistemas como los bosques tropicales. Istockphoto / Szefei ]

En el mes de junio los biólogos y los responsables políticos se reunirán en Corea del Sur para hablar del futuro de un grupo de trabajo propuesto para supervisar la biodiversidad y ofrecer asesoramiento sobre su protección. Aunque la idea del grupo de trabajo, que se compararía en alcance y tamaño con el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) se trató por primera vez públicamente en la conferencia internacional sobre biodiversidad celebrada en 2005 en París (Nature 442, 245-246; 2006), ha cobrado nuevo impulso recientemente. En el comienzo del Año Internacional de la Biodiversidad el pasado mes de enero en Berlín, la canciller alemana Angela Merkel defendió su creación.

Neville Ash, director de gestión de ecosistemas en la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza con sede en Ginebra declaró: “Cuando se piensa en el cambio climático, el IPCC es la referencia estándar autorizada sobre la situación de la ciencia. No se tiene en cuenta para nada la situación de la biodiversidad y de los servicios de ecosistemas. Si eres un responsable político de nivel internacional no dispones de una única fuente consolidada y fiable de conocimientos científicos sobre biodiversidad y servicios de ecosistemas donde acudir”.

Al igual que el IPCC, la Plataforma Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios de Ecosistemas (IPBES) mejoraría la relación entre ciencia y política y garantizaría que las decisiones se basan en los mejores conocimientos científicos disponibles (Curr. Opin. Environ. Sustain.; en prensa). Supervisaría las evaluaciones sobre biodiversidad global y regional, identificando y analizando tendencias y estudiando cambios futuros. También invertiría en formación. “La capacidad científica no es igual en todo el mundo”, dijo Harold Mooney, biólogo medioambiental de la Universidad de Stanford y presidente de Diversitas, un programa internacional sobre la ciencia de la biodiversidad. “Crear capacidad es uno de los pilares del programa.”

Aunque por lo general los científicos apoyan la idea, a algunos les preocupa que el IPBES consuma la mayor tajada del tiempo de investigación y que su repercusión no sea segura. “La investigación básica sobre los sistemas climáticos se deja a un lado para obtener los ‘productos’ que se han prometido a los políticos en cada informe del IPCC —señaló Parmesan—. Lo que hay que tener en cuenta es si merece la pena perder valiosos conocimientos científicos a cambio de unas buenas políticas.”

 
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