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Alimentación: la agricultura global

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Alimentación: la agricultura global

Gracias a la abundancia de sol, agua y tierra, la producción y exportación de alimentos en Brasil está superando rápidamente a la de otros países. La pregunta es: ¿se pueden seguir obteniendo beneficios de la agricultura sin destruir el Amazonas?
Jeff Tollefson
Nature 466, 554-556 (2010)

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Mateus Batistella era vegetariano, pero la cocina brasileña ha podido con él. A la hora de comer, casi todos los restaurantes ofrecen un plato típico de carne de vaca con ensalada, arroz y judías, acompañado de farofa, un plato a base de harina tostada. Ya sea en las ciudades o en los pueblos, tanto las carnicerías tradicionales como los supermercados venden todos los cortes de carne de vaca imaginables. “Se encuentra en cualquier lugar y es barata”, afirma Batistella, jefe de un centro de investigación situado en Campinas, ciudad al sur de Brasil, y que trabaja en la supervisión vía satélite para Embrapa, el organismo investigador del Ministerio de Agricultura del país. “Hoy en día, como carne de vaca constantemente.”

Ésta no es la manera de actuar más políticamente correcta en un país en el que la ganadería se asocia a menudo con la destrucción de la selva amazónica. Batistella tiene incluso colgada en la pared de su despacho una imagen de satélite en la que se aprecia el asedio que la agricultura ejerce sobre la parte sur de la selva tropical más grande del mundo. Ajeno a ello, todo el mundo, como Batistella, consume más carne de vaca cada año.

Toda esa carne debe proceder de algún lugar, y ese lugar, cada vez más a menudo, es Brasil. Su emergente sector agrícola ha cuadriplicado las exportaciones de carne de vaca en la última década y en 2003 superó a Australia como principal exportador mundial. Gracias a la riqueza de sus recursos naturales y a una economía en expansión, Brasil compite ahora con Estados Unidos por el liderazgo mundial en la exportación de soja. La Organización de las Naciones Unidaspara la Agricultura y la Alimentaciónpronostica que la producción agrícola de Brasil será la que crezca con mayor rapidez en el mundo durante la próxima década, con un aumento del 40% antes de 2019.

Hace algún tiempo, esas cifras habrían augurado el fin del Amazonas. Antes, cuanto más crecía la demanda de productos como la carne de vaca, el maíz o la soja, más árboles se talaban. En los últimos años, sin embargo, la situación ha dado un vuelco. A pesar del aumento de la producción de este tipo de productos y de que los precios se han mantenido altos desde la crisis alimentaria mundial de 2007-2008, el nivel de deforestación del Amazonas alcanzó un mínimo histórico el pasado año, con un valor casi un 75% inferior al máximo alcanzado en 2004 y algunas previsiones son optimistas también para este año. Esta tendencia alimenta la esperanza de que Brasil esté construyendo un sistema agrícola sostenible que ayude a alimentar al mundo, cada vez más poblado, en las próximas décadas y a reducir el impacto medioambiental del consumo de carne, del que Batistella hace gala.

Según él, “el paradigma se ha roto a lo largo de los últimos cinco años. Ya no existe una correlación directa entre los alimentos y la deforestación”.

Brasil lo ha conseguido gracias a las nuevas políticas, la mejora en la ciencia agrícola, un mayor cumplimiento de las leyes medioambientales y la presión de los consumidores. Sin embargo, aún le esperan muchos desafíos en su camino hacia el aumento de la producción. Todavía existen muchos conflictos en torno a las políticas de uso de la tierra y muchos de los cultivos se verán perjudicados por el cambio climático a menos que los agricultores actúen con agilidad.

Campos de soja
El gigante agrícola que ahora es Brasil se empezó a fraguar gracias a la soja, el alimento que más se cultiva en el país, cuyo valor en 2008 llegó a los casi 13 mil millones de euros. En la década de los sesenta, la soja sólo se plantaba en el sur de Brasil, pero desde entonces se han desarrollado variedades que pueden crecer en casi todo el país. Los científicos combatieron la alta acidez de la tierra en la sabana brasileña aplicando lima y otros nutrientes, y redujeron el coste de los fertilizantes mediante métodos que inoculaban semillas con rhizobium, una bacteria que coloniza plantas como la soja y produce la fijación del nitrógeno. Brasil compite ahora con Estados Unidos por el récord en la producción de soja (véase el gráfico).

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Además, después de una larga espera, Brasil también está comenzando a producir alimentos transgénicos. Hace una década, el futuro de los alimentos modificados genéticamente en el país no estaba claro. Una comisión federal había aprobado el cultivo de la soja transgénica en 1998, pero después un juez impuso una moratoria sobre el cultivo de las semillas resistentes a herbicidas, desarrolladas por la empresa estadounidense Monsanto, tildándolas de “monstruo extranjero”. No obstante, en lugar de cumplir con la legislación, los agricultores brasileños comenzaron a importar ilegalmente desde Argentina la semilla de Monsanto, hasta el punto que ésta se ganó el sobrenombre de Diego Maradona, en honor al astro argentino.

La soja ilegal “Maradona” se hizo tan popular que el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, firmó una ley en 2003 por la que la legalizaba, con el fin de poner orden en las importaciones, instituir controles de calidad básicos y proteger a los vendedores de semillas brasileños que no podían competir con los proveedores ilegales. Dos años más tarde, el congreso brasileño aprobó una ley de bioseguridad por la que se revisaba el proceso de aprobación de los cultivos transgénicos y, en 2006, la Comisión Técnica Nacional sobre Bioseguridad aprobó las plantas transgénicas, entre ellas, la soja, el algodón y el maíz.

En la actualidad, Brasil cuenta con más de 21 clases de plantas transgénicas y sólo Estados Unidos le supera en número de hectáreas cultivadas con este tipo de plantas. La soja transgénica supondrá el 70% del mercado de soja brasileño este año y esta cifra podría llegar hasta el 75% en 2011, según Alda Lerayer, directora ejecutiva del Consejo de Información sobre Biotecnología, organización sin ánimo de lucro con sede en Sao Paulo.

“Para mí fueron cuatro años infernales, pero creo que logramos cosas cuya gran importancia para la agricultura brasileña se reconocerá en los próximos años”, afirma Walter Colli, bioquímico que en febrero dimitió como presidente de la Comisión. Colli luchó por la aprobación de los cultivos modificados genéticamente sin prestar atención a los debates ideológicos en las reuniones de la Comisión y centrándose en cuestiones técnicas relativas a la seguridad pública y medioambiental, una estrategia que el gobierno de Lula da Silva aprobaba de manera implícita.

Por ley, los alimentos que contengan plantas transgénicas deben ir etiquetados con una T, pero Lerayer afirma que a pesar de algunas voces críticas de grupos ecologistas, hasta ahora la oposición pública a la proliferación de los cultivos transgénicos se ha acallado.

“Ya no existe una correlación directa entre los alimentos y la deforestación.”

En la actualidad, Brasil recurre a productos transgénicos desarrollados en el extranjero, pero a comienzos de año la Comisión para la Bioseguridad aprobó la primera semilla transgénica que será desarrollada por científicos brasileños. Un grupo de investigadores de Embrapa introdujo en la soja un gen fabricado por el gigante químico alemán BASF que hace a la planta resistente a un nuevo tipo de herbicidas. Para Elíbio Rech, jefe del proyecto en el Centro de Recursos Genéticos y Biotecnología, ésta es una muestra de los avances de Brasil en biotecnología y, además, supone un modelo de colaboración entre los investigadores públicos de Embrapa y el sector privado.

Según afirma, “el planeta va a tener que trabajar conjuntamente para garantizar que la producción de alimentos se doble antes de 2050 y el papel de Brasil va a ser muy importante”.

Por ahora los cultivos transgénicos, tanto en Brasil como en el resto de países, ayudan a los agricultores a hacer frente a las malas hierbas y a los insectos, pero no aumentan directamente la cantidad de alimento producido por cada una de las plantas. Sin embargo, Embrapa está trabajando en nuevas técnicas que quizá algún día abran la puerta al cultivo de plantas más nutritivas y productivas. En algunos terrenos, Brasil tiene mucho que mejorar: las variedades de maíz producidas en el país, por ejemplo, generan una producción que no llega a la mitad comparada con la de Estados Unidos.

La tierra de la abundancia
La llegada de variedades más productivas podría aliviar la situación de la selva, que se ha venido sacrificando para convertirla en tierras agrícolas. Sin embargo, otra de las formas en que Brasil ha conseguido ralentizar la deforestación ha sido un uso más eficaz de la tierra que ya se ha sacrificado. Los productores de soja fueron los primeros en comprometerse a proteger el Amazonas, como resultado de las presiones de los consumidores y los grupos ecologistas como Greenpeace. Hace cuatro años, los principales exportadores establecieron una moratoria consensuada sobre la soja plantada en tierras que habían sido deforestadas después de julio de 2006. Su cumplimiento se controla por satélite y, según Greenpeace, el pacto ha ayudado a reducir las infracciones más flagrantes. Gracias a la presión de los grupos ecologistas, el año pasado se consiguió una promesa similar por parte de los principales mataderos, que se comprometieron a realizar un seguimiento de sus proveedores directos antes de noviembre de 2010 para garantizar que la carne de vaca no procede de tierras recientemente deforestadas.

Para aumentar la producción sin sacrificar las selvas, los investigadores brasileños deben controlar el uso actual de la tierra. “Todo empieza con los mapas”, afirma Paulo Adario, que se encarga de la campaña de Greenpeace en favor del Amazonas, en la que trabaja junto a las empresas del sector para analizar las imágenes tomadas por satélite. La organización también lleva a cabo vuelos de control sobre terrenos sospechosos, algo que las agencias públicas a menudo no pueden hacer por falta de recursos. Según afirma Adario, “ninguna política medioambiental puede funcionar si no se controla primero el uso de la tierra”.

El equipo de Batistella en Embrapa está llevando a cabo varios estudios que analizan los datos de los satélites para extraer información sobre el uso de la tierra. En uno de ellos, los investigadores están diseñando formas de evaluar la actividad fotosintética y determinar la cantidad de cultivos plantados y eliminados cada año. El objetivo es identificar de forma más sencilla tierras que ya se destinan a fines agrícolas y en las que se pueden aplicar políticas para aumentar la producción.

Los pastos son con diferencia los que tienen un mayor margen de mejora de la producción. En Brasil, estas tierras se extienden a lo largo de más de 200 millones de hectáreas, casi una cuarta parte del país, lo que equivale a tres veces el tamaño de Francia. Los granjeros brasileños sólo poseen un promedio de una vaca por hectárea de tierra, pero muchos pastos, bien gestionados y con una producción de hierba mayor, cuentan con tres, cuatro o incluso cinco vacas por hectárea (véase el mapa). La situación está mejorando poco a poco: en la última década, los pastos en la región del Amazonas han aumentado un 30% y el ganado ha crecido en un 80%.

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Luís Barioni, científico agrícola en Embrapa, ha llevado a cabo un estudio, aún no publicado, que sugiere que Brasil tendría que doblar la productividad de los pastos entre 2010 y 2030 para hacer frente a la demanda futura sin deforestar más bosques. Según Sergio Salles, economista experto en agricultura de la Universidad Pública de Campinas (UNICAMP), las cifras indican que esto es absolutamente factible.

Reducir los pastos a la mitad manteniendo la cantidad de ganado, lo cual es posible desde el punto de vista técnico, liberaría suficiente tierra para doblar la producción de semillas, “sin tener que talar un solo árbol”, apunta.

En un contexto más amplio, con el fin de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y de aumentar la productividad agrícola, el gobierno ha creado un programa dotado con 1.500 millones de euros que, entre otras cosas, tiene por objetivo mejorar en la próxima década las condiciones de 15 millones de hectáreas de pastos degradados. Otro de sus objetivos es ampliar los sistemas rotatorios de cultivos y ganado en 4 millones de hectáreas en ese mismo período; las investigaciones apuntan a que dichos sistemas pueden mejorar los suelos, logrando un aumento de la producción de cultivos y pastos para el ganado.

Se necesitarán nuevos incentivos para conseguir que los agricultores adopten dichos sistemas. Según Arnaldo Carneiro, asesor científico de la Secretaría de Asuntos Estratégicos, organismo público a cargo de la planificación a largo plazo, “los bancos siempre han estado detrás de la deforestación en Brasil y la idea es cambiar esa lógica”. En lugar de financiar la deforestación, afirma, los bancos podrían ofrecer descuentos para pagar mejoras en la tierra, tales como la fertilización de los suelos, la plantación de nuevas hierbas o la rotación de los cultivos en los pastos. En la actualidad, la Secretaría está estudiando diferentes políticas de “deforestación cero” y sus consecuencias para la agricultura.

Un futuro arriesgado
Asimismo, el gobierno espera mejorar la producción agrícola ayudando a los agricultores a elegir las mejores semillas. En 1996, Embrapa comenzó a producir mapas que delimitan diferentes zonas climáticas para algunos cultivos importantes, con el fin de garantizar que los préstamos públicos no se destinen a plantas con pocas posibilidades de crecer con éxito. Los mapas se producen a nivel estatal para cada cultivo y tienen en cuenta factores como la topografía, los suelos, las temperaturas anteriores y los patrones estacionales. Cuando los agricultores solicitan un préstamo, los bancos comprueban su ubicación y pueden determinar con exactitud qué tipo de cultivo se puede plantar cada día del año.

Según Eduardo Assad, investigador del Centro de Información Agrícola de Embrapa, en la actualidad el sistema cubre la mayoría de los cultivos. “Creemos que podemos aumentar la productividad en un 20% gracias a estos mapas”, apunta.

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[ La ampliación de los pastos para el ganado se ha llevado por delante buena parte del Amazonas. ]

La delimitación de las zonas será dinámica debido al cambio climático. Assad y su colaborador Hilton Pinto, de la UNICAMP, están tratando de evaluar el impacto del calentamiento global sobre las zonas de cultivo en las próximas décadas. Según sus cálculos, las pérdidas agrícolas podrían ser superiores a los 3.000 millones de euros anuales antes de 2020 como consecuencia del aumento de las temperaturas. Más de la mitad de las pérdidas corresponderían a la soja; el único beneficiado sería el azúcar de caña, cuyo territorio óptimo de cultivo aumentaría al doble según los pronósticos.

Estas proyecciones se basan sólo en la temperatura, ya que las predicciones de los modelos climáticos a nivel global varían mucho en lo que respecta a las precipitaciones y otros efectos más generales en el Amazonas. Sin embargo, los investigadores poseen suficiente confianza en los resultados como para instar a los agricultores a tomar nota y prepararse para un futuro más cálido. En opinión de Pinto, deberían empezar ahora, porque para sacar nuevas variedades al mercado se necesita una década.

El clima es sólo uno de los muchos retos que afronta Brasil en su intento de ampliar y modernizar su sistema agrícola. Las empresas más grandes ya han implantado sistemas punteros a nivel mundial, pero muchos de los agricultores de las áreas rurales más remotas se encuentran en situación de pobreza extrema y utilizan equipos propios del siglo xix. Para mejorar la agricultura rural es necesario aumentar el acceso a la información y reducir las desigualdades sociales.

Ello implica también un cambio de actitud. Aunque los investigadores se han mostrado a favor de políticas de crecimiento sostenible, muchos ganaderos y agricultores aún no se han subido a ese barco. Por ejemplo, recientemente los intereses agrícolas prevalecieron sobre los medioambientales cuando una comisión extraordinaria del congreso aprobó una propuesta para suavizar el código de protección forestal de referencia en Brasil, en el que se estipulan unas condiciones mínimas para proteger los hábitats naturales. Tanto científicos como ecologistas están preparándose para hacer frente a esta legislación y aún no está claro que se vayan a producir cambios importantes una vez que tenga lugar el debate con el congreso reunido en pleno, pero para muchos el mero hecho de que se debata supone un revés.

Según el economista Salles, los diferentes desafíos que afronta Brasil son los que han impedido hasta ahora que se lleve a cabo un plan coherente para intensificar la producción agrícola: “Hay un gran potencial, pero todavía quedan muchos millones de hectáreas de tierra sin intensificar, aunque no sé por qué”.

Sin embargo, la comunidad investigadora agrícola ha demostrado que Brasil puede avanzar rápidamente. Según Batistella, “hace veinte años sólo pensábamos en la ampliación de la frontera y en los monocultivos. Ahora los investigadores agrícolas hablan de intensificación, siembra directa, rotación de cultivos y agroforestería”; en otras palabras, formas de alimentar al mundo sin acabar con los bosques.

 
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