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Personaje del año: La energía en sus manos

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Personaje del año: La energía en sus manos
Como físico encontró la forma de capturar átomos y ganó el premio Nobel. Ahora, como Secretario de Energía de Estados Unidos, organiza a científicos e ingenieros para transformar la mayor economía energética del mundo.
Eric Hand

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[ De izquierda a derecha: la llamada del Nobel, pedaleando al trabajo este año y en su época en los laboratorios Bell. L. Dematteis/Reuters; A. Wong/Getty; DOE ]

Steven Chu vuelve a casa en un soleado día de octubre. La caravana de coches oficiales sube la cuesta de Cyclotron Road, atraviesa las aromáticas avenidas bordeadas de eucaliptos y pasa por delante del puesto de vigilancia del Lawrence Berkeley National Laboratory. Los vehículos siguen por Chu Road y se detienen casi en lo alto de la colina.

El hombre que ha dado su nombre a la calle entra en el Edificio 50, donde estuvo su oficina durante los cinco años en los que dirigió este laboratorio con vistas a la Universidad de California, Berkeley. Dentro del auditorio, 225 antiguos colegas esperan su llegada. Algunos llevan traje, otros van con sudaderas y sandalias. Se mastica la expectación. Poco antes de que llegue Chu, la gente guarda silencio. Unos guardias de seguridad con chalecos naranjas equipados con walkie-talkies abren las puertas y Chu se dirige al estrado seguido de su séquito.

“Qué bien estar otra vez aquí –dice mientras abre su portátil–. Ya sabéis que yo mismo hago mis presentaciones de PowerPoint. Eso no ha cambiado.” Se zambulle en una desordenada y acelerada charla en la que aborda muchos temas bajo el denominador común del cambio climático. Llega a la diapositiva crucial, la que muestra los datos reales del aumento de la temperatura en todo el mundo, que superan lo que habría cabido esperar sin todo el dióxido de carbono que los humanos han arrojado a la atmósfera. “Ésta es la prueba –asegura–. Tengo que enseñarla muchísimas veces.”

Ése es su trabajo en Washington DC, donde Chu trabaja ahora como Secretario del Departamento de Energía (DOE) y forma parte del gabinete del Presidente Barack Obama. Es el primer científico con un premio Nobel que desempeña tan alto cargo en el gobierno de Estados Unidos.

“La necesidad es la madre de la invención y ésta es la madre de todas las necesidades.”
Steven Chu

Su misión es transformar la mayor economía energética del mundo y ha asumido su papel de persuasor compareciendo ante el Congreso para explicar las bases científicas del cambio climático y sus planes para combatirlo. En sus reuniones habituales con congresistas y senadores identifica a los escépticos y les explica los datos. “Les digo: 'Venid a mi despacho y hablemos' –explica–. Al menos les hago dudar. Si al principio están tan seguros de que se debe a causas naturales, a lo mejor después no están tan seguros.” También ayuda tener un premio Nobel, añade.

Al afrontar el problema más acuciante que tiene el mundo hoy día, Chu mira al pasado para trazar el camino futuro. El laboratorio de Berkeley del que fue director procede del Radiation Laboratory, donde el físico Ernest Lawrence encontró la forma de enriquecer el uranio para el Proyecto Manhattan. El equipo del químico Glenn Seaborg descubrió el plutonio y el físico teórico Robert Oppenheimer trabajaba al pie de la colina justo antes de marcharse a Nuevo México para construir las primeras bombas atómicas.

Chu piensa abordar el cambio climático reactivando la urgencia científica y tecnológica del Proyecto Manhattan, reclutando a algunos de los mejores cerebros del país para encontrar la forma de que haya energía sin destruir el mundo. Sus planes empiezan en su propia casa, intentando que el gigantesco Departamento de Energía apoye investigaciones más arriesgadas que podrían reportar enormes dividendos.

Con un presupuesto de 27.000 millones de dólares, el departamento cuenta con 17 laboratorios nacionales, supervisa las reservas nucleares de Estados Unidos y gestiona la limpieza medioambiental tras la primera era nuclear. Es la mayor fuente de financiación para la investigación de ciencias físicas de Estados Unidos, y este año Chu tenía muchos más fondos para repartir. Cuando sólo llevaba un mes en el cargo, el Congreso dio a la agencia 37.000 millones de dólares como estímulo económico; Chu está dirigiendo estos fondos a las energías renovables, la energía nuclear, las plantas piloto de captura de carbono y los proyectos destinados a modernizar la red eléctrica que deberían ayudar a solucionar el problema del clima. “Se dice que la necesidad es la madre de la invención y ésta es la madre de todas las necesidades –asegura–. Así que vamos a lograr la madre de todos los inventos. Y no va a ser solo una, tienen que ser muchas.”

Un director práctico
En los años ochenta, Chu alcanzó renombre científico atrapando átomos con láseres afinados con la máxima precisión. Ahora está aplicando esta misma maestría para el detalle a un sistema mucho más complejo: un organismo de 100.000 personas que trabajen en todos los aspectos de la energía y en temas nucleares.

Algunos veteranos de Washington han cuestionado si el talento investigador de Chu y el estilo de gestión directa le servirán tanto en el DOE como en el duro ambiente político de la capital. Ha cometido algunos errores, especialmente en sus relaciones con el Congreso. Pero después de un año en su cargo, Chu ha demostrado que aprende deprisa. Se ha confirmado como una voz en la que pueden confiar políticos de distintas tendencias. Ha ayudado a salvar diferencias internacionales, especialmente entre Estados Unidos y China. Y ha conseguido que algunos de los principales científicos de la industria y las universidades vengan a trabajar con él en el DOE.

Carol Browner, consejera de Obama para asuntos del clima, suele trabajar con Chu como parte del “gabinete verde” del presidente, un grupo de funcionarios expertos que supervisan asuntos medioambientales. “Creo que va a ser el mejor secretario de energía de la historia”, dice. Las alabanzas también llegan de los políticos republicanos. Samuel Bodman, que estuvo al mando del DOE con el presidente George W. Bush, dice que Chu “ha demostrado su capacidad como gestor. Creo que el presidente estuvo muy inspirado al elegirlo”.

En los años cincuenta Chu vivía en un pueblo a las afueras de Nueva York donde él y sus dos hermanos aprendieron rápidamente que la excelencia académica –y la competencia– eran tradiciones familiares. Los chicos veían College Bowl, un concurso televisivo de los años sesenta, y “los tres gritábamos las respuestas e intentábamos ganar a los concursantes”, rememora Morgan Chu, el hermano pequeño, un prominente abogado de California.

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[ Chu prestó juramento un día después que el Presidente Obama. O. Muhammad/The New York Times/Redux/Eyevine ]

Los padres de Chu salieron de China durante la Segunda Guerra Mundial y después de licenciarse trabajaron en el Massachusetts Institute of Technology (MIT) de Cambridge. El hijo mayor, Gilbert, siguió el camino del prestigio académico sumando licenciaturas en ciencias de la Universidad de Princeton en New Jersey y del MIT antes de doctorarse por la Universidad de Harvard en Cambridge, Massachusetts. Morgan obtuvo un doctorado en Sociología antes de entrar en la Harvard Law School. Steven, por su parte, era un estudiante de notable alto que prefería arreglar cosas a hacer los deberes. En una familia donde todos habían ido a universidades de prestigio, él dice que era la “oveja negra académica”, que se conformó con la Universidad de Rochester en Nueva York, donde estudió matemáticas y físicas. La presión familiar, dice, le frustró al principio, pero una vez en Rochester, floreció su facilidad para la ciencia. “De pronto las cosas que querían que hiciera me parecían naturales”, relata.

En 1970, cuando entra en la escuela de posgrado de Berkeley, empieza su historia de amor con el láser. Dedicaba de manera obsesiva toda su energía a un trabajo que antes le parecía una lata. “Nunca se me ha dado bien repartir el tiempo –explica–. Cuando algo me apasiona, me engulle. Parece que es una cualidad que tienen los mejores científicos.” Otro estudiante de posgrado de Berkeley, Phil Bucksbaum, recordaba que casi se pegó con Chu porque se “creía el dueño de los láseres”, hasta que un tercer estudiante que había conocido a Chu en Rochester le explicó a Bucksbaum: “Siempre ha sido así: dedicado y brusco”, cuenta Bucksbaum.

El trabajo de posgrado de Chu con luz polarizada para sondear transiciones atómicas fue lo suficientemente bueno para que le ofrecieran un trabajo en los Laboratorios Bell de New Jersey, por aquel entonces la utopía de la investigación de base. Chu prosperó, pero también hizo sacrificios. A medida que avanzaba su trabajo, pasaba más tiempo lejos de casa, dice su ex mujer, Lisa Chu-Thielbar. A veces escondía a Geoffrey, su primogénito, bajo el abrigo y lo llevaba al laboratorio para que viera a su padre. “Siempre fue primero científico y después padre”, dice el segundo hijo de Chu, Michael, quien no culpa a su padre por centrarse en su objetivo, lo que le ha permitido llegar tan lejos. “Su ambición era intelectual y científica. Steve nunca se preocupó por el dinero. Ni siquiera por los ascensos”, dice Chu-Thielbar.

Después de siete años en los Laboratorios Bell, en 1985 Chu descubrió cómo cazar átomos. Entrecruzó seis láseres para formar lo que denominó una “melaza óptica”, una masa pegajosa de fotones. Los átomos se frenaban hasta casi quedar inmóviles, volviéndose lo suficientemente lentos como para que las fuerzas electromagnéticas de otro láser los detuvieran.

Un año después, en el invierno de 1986, Chu vislumbró los fundamentos del premio Nobel a través de las ventanas de una cámara de vacío. Los átomos de sodio, enfriados en melazas ópticas hasta 240 millonésimas de grado por encima del cero absoluto, se volvían de color naranja brillante a medida que caían, uno a uno, en una trampa del tamaño de un grano de arena. Una foto en color, la primera que se publicaba en Physical Review Letters, fue la demostración de su éxito (Chu S, Bjorkholm JE, Ashkin A y Cable A. Phys Rev Lett 1986; 57: 314-7). El trabajo encontraría aplicaciones en varias disciplinas. A los biólogos les proporcionó “pinzas ópticas”, la forma de manipular biomoléculas individuales como el ADN. Y a otros científicos atómicos les dio las herramientas para crear condensados de Bose-Einstein, los estados superfríos de materia que pueden atrapar la luz y detener fotones, invirtiendo la técnica original de Chu.

“Steve nunca se preocupó por el dinero. Ni siquiera por los ascensos.”
Lisa Chu-Thielbar

En 1987, Chu estaba preparado para regresar a la vida académica. Recibió ofertas de Harvard y Berkeley, pero le seducía la idea de colaborar en la construcción de un departamento de física menos famoso en la Universidad de Stanford en Palo Alto, California. Era un buen plan. A partir de 1995 Stanford se convirtió en un centro neurálgico; los físicos de esta universidad obtuvieron cuatro premios Nobel seguidos, incluido el de Chu en 1997. Mientras permanecía en Stanford, Chu empezó a moverse en nuevas direcciones, tanto personal como profesionalmente. Se divorció de Chu-Thielbar y se casó con la física Jean Fetter, ex decana de admisiones de Stanford. Preparó a posgraduados con interés por la biología y convenció a la administración de Stanford para que construyera un centro de biofísica de 150 millones de dólares.

Pero en 2004, justo después de terminar el centro, el Lawrence Berkeley National Laboratory (LBNL) vino a buscarle. Chu, que nunca había dirigido nada más grande que un departamento de física, estaba preparado para dar el salto y dirigir el laboratorio, que ahora tiene 4.000 empleados y un presupuesto de 650 millones de dólares. Mostró su valía desde el principio, obligando a la organización de la Universidad de California, que gestiona el LBNL, a endeudarse de forma inaudita para financiar nuevos edificios para el laboratorio y luchando para conservar los planes de pensiones de los empleados. Chu discutió personalmente en nombre de sus empleados con el presidente de la organización de la Universidad de California hasta que éste cedió, relata Graham Fleming, químico en Berkeley y segundo de Chu por aquella época. “Si un argumento no servía, lo intentaba con otro”, añade.

El cruzado del clima
Chu dice que no hubo un momento preciso en el que decidiera dedicarse a tiempo completo a los problemas del clima y la energía. Había estado asimilando la ciencia durante años, leyendo informes del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático. Con su precisión habitual buscaba la eficiencia energética en su propia vida, quejándose cuando los albañiles economizaban en el aislamiento en su casa de Stanford. Pero poco después de llegar al LBNL decidió que había llegado el momento de resucitar un programa de investigación energética que había estado hibernando desde la crisis del petróleo de los años setenta. El laboratorio estaba listo para renovar esos esfuerzos, pero hacía falta la energía y la visión de Chu, cuenta Paul Alivisatos, sucesor de Chu al frente del LBNL. “Es como una solución supersaturada en la que echas un cristal semilla –afirma–. Steve era el cristal semilla.”

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[ Una agenda apretada: A Chu le gusta ocuparse personalmente de los detalles. C. Ommanney/Getty ]

Chu dio al enorme laboratorio un objetivo y convenció a muchos científicos de que cambiaran, como había hecho él, a la investigación en energías. Atrajo importantes inyecciones de fondos del DOE y de la empresa energética BP. El laboratorio lanzó grandes iniciativas en biocombustibles y pilas fotovoltaicas, pero Chu también se ocupaba de cosas pequeñas. Alivisatos recuerda el interés de Chu por modernizar el viejo sistema de autobuses que circulaban por las colinas de Berkeley. Chu se asomaba al balcón de su despacho y contaba el número de pasajeros que había en la parada. “Piensa a un nivel increíblemente alto, pero también profundiza hasta el mínimo detalle –afirma Alivisatos–. Y una de sus habilidades es encontrar el detalle decisivo que marca la diferencia y demostrar cómo se relaciona con el conjunto.”

Pero algunos creyeron que Chu había ido demasiado en la gestión de las operaciones del laboratorio. “No ve necesario que otros participen”, dice un científico que lo conoce bien, pero que no quiere que se le identifique cuando critica a un alto cargo que controla tantos fondos de investigación. “Toda su carrera se ha basado en su fantástica capacidad para ocuparse de todos los detalles. Y le resulta difícil delegar en personal eficaz.”

La elección de Obama y sus promesas electorales de modernizar el sistema energético estadounidense ofrecieron nuevas oportunidades a Chu. Unas semanas después de las elecciones, Chu viajó a Chicago para reunirse con el presidente electo. “Mucha gente me dice que usted es la persona para el DOE”, dijo Obama, según Chu. Chu, que no suele quedarse sin respuesta, sólo pudo bromear: “¿Y quiénes son estos ex amigos míos?”

Movido por su sentido del deber, Chu pensó aceptar el trabajo, pero con una condición. En el pasado había visto el departamento de energía atado de pies y manos por personas ineficaces que habían obtenido su puesto por compromisos políticos, así que quería el control para elegir los altos cargos. “Hay una posibilidad razonable de atraer a la gente adecuada. Se necesita mucha gente para soportar esta carga”, dice Chu. Obama aceptó y Chu ha reclutado a talentos de primera línea, como Steven Koonin, antiguo investigador jefe de BP y rector del California Institute of Technology en Pasadena, que ahora es vicesecretario de ciencias.

“Una de sus habilidades es encontrar el detalle decisivo que marca la diferencia y demostrar cómo se relaciona con el conjunto.”
Paul Alivisatos

En el último piso del departamento de energía, los retratos de los antiguos secretarios presiden el largo pasillo enmoquetado que lleva desde los ascensores hasta el despacho del secretario. La mayoría son políticos de carrera, con algunas excepciones: Charles Duncan, que regía la empresa cafetera de su familia, Donald Hodel, que después dirigió dos grupos evangélicos cristianos, y James Edwards, un dentista. Bodman, el predecesor de Chu, es ingeniero por el MIT. Pero Chu es el primer científico que dirige un organismo que tiene tanta importancia en la investigación en ciencias físicas.

En una mesa de la sala de espera hay algunos artículos de biofísica en los que ha colaborado Chu. Chu muestra los artículos para dejar claro –a los visitantes y a sí mismo– que sigue siendo un científico en activo. Durante el tiempo que estuvo en el LBNL conservaba un pequeño grupo de investigación de estudiantes de Stanford y Berkeley que se reunían los viernes por la noche y los fines de semana. Incluso ahora, dice, saca un poco de tiempo para investigar durante los viajes en avión. Aunque la visita de Chu al LBNL en octubre fue su primera charla para todo el laboratorio, ya había estado antes para ver a los estudiantes de postdoctorado y conocer a los nuevos científicos, en unos viajes que Alivisatos denomina las “vacaciones científicas de Chu”.

Durante una entrevista en su despacho, Chu se sienta en el centro del sofá dando la espalda al Mall de Washington DC y al Smithsonian Castle. Chu, de 61 años, está claramente en forma. Aunque ya no va a trabajar en bicicleta, como solía hacer en Berkeley, sigue montando durante los fines de semana y sube andando los siete pisos de su oficina. Chu se reclina para escuchar, lo que sucede a menudo, y se adelanta para expresar su punto de vista. Gasta bromas y le gusta agradar. Al menos es así con los políticos (y los periodistas). Con los científicos puede mostrarse impaciente. “No aguanta a los idiotas”, asegura Michael Levi, astrofísico del LBNL.

Chu conserva la franqueza del científico, lo que a veces puede acarrearle problemas. En la vista para su confirmación en el cargo, algunos senadores le criticaron por haber dicho en una conferencia de 2007 que el carbón era “su peor pesadilla” (Chu dice que no es probable que Estados Unidos, China e India den la espalda a sus enormes reservas de carbón, lo que incide en la necesidad de encontrar formas limpias de utilizar ese combustible). Un mes después de ocupar su cargo, Chu metió la pata cuando dijo a los periodistas que “no era asunto suyo” si la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) debía recortar la producción de petróleo, una declaración poco diplomática. Reconoce que le sorprendió la forma en que la prensa magnificó sus palabras.

No obstante, su incapacidad para refrenar sus palabras también es un valor, especialmente en los pisos situados por debajo del suyo en el edificio del DOE, una fortaleza de hormigón. Los laboratorios nacionales del DOE han sido tachados de ineficientes, lo que se debe en parte a que los antiguos errores de seguridad han generado una cultura que fomenta la precaución por encima de la investigación dinámica. Cuando durante su charla en el LBNL, Chu mencionó su deseo de volver al espíritu original de los laboratorios: GOCO (government owned, but contractor operated, propiedad del gobierno pero gestionados por subcontratistas), recibió un contundente aplauso. Chu dice que la cultura contraria al riesgo, tanto en la sede del departamento como en los laboratorios, debe cambiar. “La mejor forma de evitar que ocurra algo malo es no hacer prácticamente nada.”

Chu ya ha abierto camino. Cuando vio que los miles de millones de dólares en préstamos para proyectos energéticos que se habían autorizado en 2005 no habían dado fruto, insistió para que se sacaran fuera en pocos meses, yendo a parar el primero a una empresa de energía solar. Ha sido de gran ayuda implicarme personalmente, dice. Antes de cerrar un préstamo de 5.900 millones de dólares con Ford Motors, Chu dice que hablaba con el presidente de la empresa cada tres días, un ejemplo de que quiere enviar un mensaje claro a sus subordinados para que actúen. “En algunas áreas no me voy a retirar –asegura–. La presión no va a ceder.”

Para fomentar más investigaciones arriesgadas ha impulsado el desarrollo del Advanced Research Projects Agency-Energy (Organismo para Proyectos de Investigación Avanzada en Energía), también llamado ARPA-E, inspirado en el DARPA, el famoso programa de investigación del Departamento de Defensa que desempeñó un importante papel en la creación de Internet. ARPA-E tiene como objetivo la investigación de alto riesgo y alta recompensa en nuevas formas de energía y conservación (véase el apartado “Cielo azul, tecnología verde”). El programa es anterior a Chu, pero es uno de sus favoritos, sobre todo porque lo recomendó como coautor de un influyente estudio de las Academias Nacionales titulado Rising Above the Gathering Storm (Sobreponerse a la tormenta que se avecina), que advertía en 2005 sobre el declive de la competitividad estadounidense.

La idea ARPA-E solo funcionará, asegura Chu, si se contrata a los evaluadores más inteligentes para elegir las ideas más innovadoras; de lo contrario se premiará la investigación repetida. “Desgraciadamente, no puedo analizar todas las propuestas”, dijo a un grupo de empresarios de energías limpias en octubre, sólo medio en broma. Así que Chu escribió una carta a los presidentes de las principales universidades en investigación pidiéndoles que propusieran a sus mejores investigadores como evaluadores de ARPA-E. Quinientos respondieron a la llamada del deber.

El propio Chu pasó dos horas revisando las propuestas finalistas. Fleming, el segundo de Chu en el LBNL, dice que a su antiguo jefe le gusta ese tipo de trabajo. “Nunca he conocido a nadie capaz de marcharse y volver a los 10 minutos sabiendo tanto sobre un nuevo tema.” Y el día que visitó el LBNL, Chu anunció las 37 propuestas ganadoras que utilizarán 151 millones de dólares de los primeros 400 millones concedidos al programa.

La idea más ambiciosa de Chu ha sido crear ocho laboratorios de energía independientes y especializados, según el modelo del Proyecto Manhattan, para desarrollar tecnologías tales como baterías de próxima generación y energía nuclear avanzada (véase el apartado “Las fábricas de innovación de Chu”). Pero es aquí donde ha encontrado mayores problemas y salen a la luz las limitaciones del sistema “hágalo usted mismo”. Cuando el Congreso debatía si financiar los nuevos laboratorios de Chu en el año fiscal 2010, los funcionarios de la cámara se dieron cuenta de que no podían saber con detalle qué era exactamente los que necesitaba el DOE. ¿Serían laboratorios virtuales o instalaciones permanentes? ¿Durante cuántos años se iban a financiar? ¿Qué mezcla de ciencia básica y aplicada se financiaría? “Los centros simplemente se dejaron caer sobre el Congreso”, declaró un funcionario, que añadió que la oficina de Chu no aportó información coherente a tiempo.

Los problemas de comunicación con el Congreso quedaron patentes en la vista del comité de asignaciones del congreso en mayo. La senadora Diane Feinstein (Demócrata, California), amiga de Chu, tenía una queja. Había intentado hablar con él en privado sobre algunos proyectos de energía solar pero no había podido concertar una cita para verle. “Me sorprende que haya pedido verme y mi personal haya dicho que no”, contestó Chu.

“Ni siquiera hemos recibido una respuesta, así no es como se hacen las cosas”, dijo Feinstein intentando aparentemente enseñar a Chu las costumbres de Washington. Pero Chu, a quien le gusta encargarse de sus asuntos, no parecía entenderlo. “Sigo sin entenderlo –afirmó–, tiene mi número privado.”

Al final, cuando el Congreso repartió el dinero para el DOE, Chu perdió algunas batallas. El dinero que había propuesto recortar de la investigación en hidrógeno fue reintegrado. Un programa educativo de 115 millones de dólares que había abanderado se quedó sin nada. Y lo peor de todo para Chu fue que sólo tres de sus ocho centros de energía recibieron financiación.

Los críticos de Chu dicen que una mayor atención al Congreso podría haber aliviado los problemas, pero que después de un año en su cargo no ha nombrado un subsecretario para que dirija su oficina de asuntos legislativos. Chu dice que la vacante no era el problema. El problema era que no había hecho el seguimiento él mismo. “El fallo fue mío –declaró– porque no comuniqué cuál era la situación real.”

Embajador de la energía
Un frío día de principios de diciembre Chu se preparaba para asistir a la conferencia de Naciones Unidas sobre el cambio climático de Copenhague. Antes del viaje, uno de los últimos actos públicos de su agenda fue aparecer junto con el Secretario de Comercio, Gary Locke, para hablar sobre la forma de acelerar el proceso de concesión de patentes en tecnologías verdes.

En julio, los dos secretarios fueron juntos a Pekín para reunirse con los ministros de energía chinos. Locke, un importante político de ascendencia china, fue recibido con los brazos abiertos. Pero Chu, con su pedigrí de premio Nobel, fue como una estrella de rock en una cultura que venera la educación. “Era como Michael Jordan –aseguró un funcionario de la administración–. Todo el mundo le conocía.”

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[ Gigantes de Berkeley como Ernest Lawrence (izquierda), Glenn Seaborg y Robert Oppenheimer (derecha) han inspirado a Chu. Lawrence Berkeley Natl Lab ]

Chu ha mostrado un especial interés por China no sólo por su ascendencia, dice, sino porque emite más dióxido de carbono que ningún otro país y porque está gastando miles de millones de dólares en investigación en energías limpias. Durante el viaje, Chu y Locke anunciaron que Estados Unidos y China investigarían conjuntamente en áreas tales como la eficiencia energética y la captura de dióxido de carbono de las plantas de carbón.

En su viaje a Dinamarca, Chu retomó su papel como embajador de la energía. Anunció planes para celebrar una conferencia el próximo año con ministros extranjeros de energía y prometió 85 millones de dólares de ayuda estadounidense para proyectos de energía renovable en los países en vías de desarrollo. Para Chu, la cumbre sirvió como preludio de la batalla del próximo año, cuando sacará sus armas principales –conocimiento y poder de persuasión– para intentar convencer a los congresistas de que voten una ley del clima que por primera vez recorte las emisiones de gases de efecto invernadero de Estados Unidos.

Chu dice que cuando termine su mandato como secretario de energía medirá su éxito con dos criterios: si ha ayudado a adoptar una ley sobre el medio ambiente y cuánto ha cambiado la manera en que el DOE apoya la ciencia. Estas medidas le habrían parecido raras al joven científico de los Laboratorios Bell de los años ochenta que pasaba el día preocupándose por la precisión de los haces de láser. Chu no había previsto llegar hasta lo más alto del escalafón del gobierno estadounidense, donde es el primer científico que desempeña un papel tan activo desde la guerra fría. “Sucedió así –relata–: primero seguí el camino de la ciencia y me preocupé por algunos problemas que nos afectan a todos en tanto que sociedad, hasta que al final me dije: no puede quedarme aquí sentado y dar una conferencia de vez en cuando. Tengo que ser proactivo, predicar con el ejemplo y dar un giro a mi carrera, porque esto es importante.”

Pero mirando al pasado, es posible que la llamada del servicio público ya se le insinuara a Chu durante sus días como graduado en Berkeley, en cuyo departamento de física seguían vivos los recuerdos de los esfuerzos de la guerra. Cuando Chu hizo sus pinitos en escultura eligió un busto de Oppenheimer, el físico que fue director y supervisó todos los detalles del Proyecto Manhattan.

Ahora Chu mira a otra estrella de Berkeley como fuente de inspiración. Últimamente ha leído los diarios de Seaborg, que durante la guerra dirigió el equipo que intentaba extraer plutonio para fabricar la bomba. Seaborg cuenta que su grupo necesitaba contadores Geiger muy rápidos, que por entonces no existían. Así que animó a su equipo a inventar los detectores que necesitaban. Para Chu, ese sentido de la urgencia ante una gran amenaza es lo más destacado del trabajo de Seaborg: “Él decía todo el tiempo: 'Esto no es una investigación universitaria. Tenemos que ir mucho más deprisa'“.

Cielo azul, tecnología verde
Bajo la dirección de Steven Chu, el Departamento de Energía de los Estados Unidos ha empezado a financiar proyectos de energía de alto riesgo a través de su Advanced Research Projects Agency-Energy. En octubre, 37 proyectos obtuvieron un total de 151 millones de dólares entre los que pueden citarse los siguientes ejemplos.

Captura de carbono con enzimas artificiales
Se necesita mucha energía para capturar y almacenar dióxido de carbono procedente de la combustión de combustibles fósiles. Pero existe una solución de baja energía en el cuerpo humano. El CO2 de las células se disuelve en el torrente sanguíneo y se convierte en una solución en los pulmones. La enzima que lo hace posible, la anhidrasa carbónica, funciona a la temperatura del organismo en ambas direcciones de reacción. Una subvención de 2,3 millones de dólares ha ido a parar al United Technologies Research Center de East Hartford, Connecticut, para que estudie esta enzima como modelo para desarrollar una enzima artificial para captar carbono.

Baterías gigantes de metal líquido
Una idea para mejorar las baterías se inspira en las fundiciones de aluminio que utilizan enormes reacciones líquidas permanentes que absorben corrientes de medio millón de amperios. Un equipo del Massachusetts Institute of Technology de Cambridge obtuvo una subvención de 6,9 millones de dólares para intentar invertir este proceso a fin de crear una batería gigante. La idea podría reducir los costes de almacenamiento de energía en un orden de magnitud y crear baterías del tamaño de edificios. Estas baterías podrían almacenar energía eólica o solar durante el día y liberarla durante la noche.

Las fábricas de innovación de Chu
A partir de su experiencia en los Laboratorios Bell y su conocimiento del Proyecto Manhattan, el Secretario de Energía Steven Chu ha propuesto la creación de ocho “centros de innovación energética”, en los que científicos e ingenieros trabajarían bajo el mismo techo con un director carismático. Cada centro tendría un presupuesto de 25 millones de dólares durante 5 años. Este año el Congreso financió sólo los tres primeros de la siguiente lista.

  • Combustibles de luz solar: inventar sistemas fotosintéticos artificiales para crear combustibles líquidos directamente a partir del dióxido de carbono de la atmósfera.
  • Diseño de sistemas de construcción eficientes desde el punto de vista energético: crear sistemas de control de edificios similares a la optimización computerizada de los motores de automóviles.
  • Modelización y simulación de reactores nucleares: diseñar reactores nucleares de cuarta generación que superen los diseños actuales.
  • Materiales extremos para energía nuclear: desarrollar materiales avanzados para su uso en tecnologías nucleares, incluidos combustibles, blindaje y residuos.
  • Baterías y almacenamiento de energía: investigar nuevos materiales y estructuras para mejorar la densidad de almacenamiento y vida de los ciclos de carga.
  • Electricidad solar: encontrar nuevos sistemas fotovoltaicos o de energía solar para generar electricidad.
  • Almacenamiento y captura de carbono: reducir el coste y el gasto energético de la captura de carbono con absorbentes novedosos; encontrar nuevas formas de separación química, física y biológica.
  • Materiales, dispositivos y sistemas de malla: desarrollar materiales avanzados para transmitir energía; crear sensores “inteligentes” que dirijan la energía con mayor eficiencia.
 
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