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Después de Copenhague: opiniones de expertos

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Después de Copenhague: opiniones de expertos
Aunque la opinión es prácticamente unánime , el acuerdo que surgió de la conferencia sobre el cambio climático de las Naciones Unidas el mes pasado en Copenhague, no avanza lo suficientemente rápido para solucionar el problema del clima, no está tan claro cuáles serán los pasos siguientes.
Olive Heffernan, editor de Nature Reports Climate Change.
Nature Reports Climate Change
Fecha de publicación en línea: 28 de enero de 2010

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La cumbre sobre el cambio climático de Copenhague se concibió como origen de un tratado global legalmente vinculante sobre el cambio climático que sustituiría en última instancia al Protocolo de Kioto cuando se agotase la segunda fase del compromiso, a finales de 2012. Sin embargo, en las semanas y meses previos a la cumbre, se perdían las esperanzas que pudieran derivar en un tratado los dos meses de charlas en la capital danesa. Al estar la mayoría de los países del mundo en recesión y al carecer Estados Unidos de una ley local sobre el cambio climático, las expectativas pasaron a ser alcanzar un acuerdo político en Copenhague que posteriormente pudiera afianzarse en forma de tratado.

Sin embargo, el resultado final, bautizado como Acuerdo de Copenhague, no fue ni un documento legal ni una declaración conjunta de los estados miembros de la ONU. Después de dos semanas de concienzudas charlas, las naciones se despidieron con la promesa de volver a reunirse en 12 meses en México, pero sin objetivos claros para avanzar en un acuerdo sobre el clima. En todo caso, hay quien considera que Copenhague no ha sido un fracaso. Después de todo, el acuerdo logró que por primera vez los 2 °C sean una barrera de seguridad para la temperatura global, en lugar de una aspiración de la UE. También se planteó un importante compromiso de financiación para que los países en desarrollo se adaptasen al cambio climático, que incluía promesas por parte de todos los principales emisores, incluidas las economías emergentes.

Simbólicamente, el Acuerdo de Copenhague ha permitido acercar distancias entre países ricos y pobres, algo que se había perseguido en las negociaciones sobre el clima pero que poco influye en la prevención del cambio climático peligroso, que es el principal objetivo de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC). Nature Reports Climate Change ha pedido a varios expertos que fueron testigos de las negociaciones su impresión sobre el Acuerdo de Copenhague y los próximos objetivos de la política del clima.

Mike Hulme, Universidad de East Anglia, Reino Unido

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El Acuerdo de Copenhague no es ni una cosa ni la otra; no es un documento que encaje fácilmente dentro de cualquier idea de multilateralismo de Naciones Unidas. De hecho, nos está llevando hacia un nuevo territorio por la manera en que se acordó y el estatus formal que posee, y también porque su dominio no es todo lo ideal que debería. Esta clase de acuerdo refleja una nueva realidad política según la cual saldrán vencedores los políticos y el poder. Mi opinión es que éste ha sido un resultado positivo de la cumbre de Copenhague. Creo que ahora la gente ve claramente que hay que hacer más progresos buscando opciones fuera de la estructura formal de las Naciones Unidas.

Está claro que las economías emergentes han encontrado su lugar en el cambio climático y se podría destacar que el Foro de las Principales Economías sería un buen motor de avance. Pero también me gustaría observar ideas más radicales. Se podría prestar mejor atención a los factores forzantes del cambio climático de diferentes maneras. Podría haber dos tratados independientes: uno que controlase los agentes transitorios, como el negro de carbón y el metano, y otro que se ocupase exclusivamente del dióxido de carbono.

Es mejor ser pragmático que demasiado ambicioso. ¿Seguro que eso es lo que nos han enseñado los 12 años transcurridos desde Kioto?

No soy muy optimista en cuanto a la idea de que los mecanismos basados en el mercado (especialmente cuando sólo una parte entra en juego) vayan a ejercer la suficiente presión para reducir las emisiones. Por ese motivo no me importaría demasiado si la factura del clima no pasase por el Senado si forzase otro tipo de razonamientos. He llegado a la conclusión de que necesitamos establecer objetivos a corto plazo que sean prácticos y estén fundamentados en la tecnología, que deberían lograrse sobre la base de análisis sociales, técnicos y económicos creíbles, y no objetivos ambiciosos dirigidos por la ciencia del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC). Es mejor ser pragmático que demasiado ambicioso. ¿Seguro que eso es lo que nos han enseñado los 12 años transcurridos desde Kioto?

Jonathan Lash, Presidente del World Resources Institute, Washington DC

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El Acuerdo de Copenhague es un pacto mucho mayor y mejor de lo que la gente cree. No cabe duda de que fue decepcionante observar la incapacidad de 192 naciones de lograr un acuerdo legalmente vinculante tras dos semanas extenuantes de conversaciones. Sí, los compromisos a los que se llegaron todavía no son suficientes para detener la acumulación de gases de efecto invernadero a un nivel que impida que las temperaturas aumenten más de 2 °C, el umbral de peligro fijado por los científicos. Con todo, el acuerdo abre nuevas puertas en varios sentidos. En primer lugar, incluye compromisos cuantitativos por parte de los principales emisores. En segundo lugar, permite corroborar que se cumplen dichos compromisos: un tema polémico y una decisión sin vuelta atrás para Estados Unidos. En tercer lugar, refleja un serio compromiso a contrarrestar las amenazas para el clima por parte de los jefes de estado, que tomaron medidas sin precedentes a fin de impedir la infertilidad del proceso de las Naciones Unidas debido al bloqueo de las medidas por parte de una pequeña minoría de naciones.

Un acuerdo legal vinculante, que con suerte se firmará en México, es el principal objetivo.

Desde 1992, la Conferencia de las Partes en la UNFCCC, que aprueba las decisiones por unanimidad, ha sido el medio para las negociaciones internacionales sobre el clima. En el período previo a la cumbre de Copenhague se fue demostrando cada vez más que este modelo no funcionaba. Sin embargo, un acuerdo legal vinculante, que con suerte se firmará en México, es el principal objetivo. Hasta ese momento, habrá indicadores clave de progreso. En primer lugar, está el 31 de enero como fecha límite, antes de la cual, según el Acuerdo, los países deben presentar sus compromisos para reducir los gases de efecto invernadero. Otro indicador será el contenido del duodécimo plan quinquenal de China, que vence esta primavera; y, por supuesto, la aprobación de la ley sobre el clima en Estados Unidos.

David G. Victor, Stanford University, California

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En Copenhague no sucedió nada: no fue un éxito rotundo ni tampoco un fracaso colosal. El mayor problema del enconado final de la conferencia de Copenhague es que no nos deja ningún logro importante ni traza la ruta a seguir para las siguientes rondas de esfuerzos diplomáticos. Probablemente, Ciudad de México no tendrá una repercusión clara. El próximo acontecimiento verdaderamente definitivo es el vencimiento del tratado de Kioto en 2012. Como mínimo, los gobiernos lucharán sin descanso por encontrar algún tipo de tratado que sustituya al anterior para impedir que los sistemas puestos en marcha en virtud del Protocolo de Kioto (como el Mecanismo de Desarrollo Limpio) acaben en un atolladero. La credibilidad de dichos sistemas ya ha sido desacreditada por el resultado poco concluyente obtenido en Copenhague. Será imposible hacer mella en las emisiones a nivel mundial sin un papel central para el sector privado, y los inversores del sector privado han adoptado una postura mucho más asustadiza sobre el grado de prudencia de las inversiones en las que se reduzcan las emisiones, dada la incapacidad de los gobiernos de acordar un plan de acción en Copenhague.

La causa que subyace es básicamente la falta de intereses públicos en solucionar el problema.

La actividad más importante a nivel internacional tras Copenhague será encontrar una vía aceptable que funcione para el pequeño grupo de países que realmente importan, empezando por Estados Unidos y China. Pero lo que nos ocupa es el nivel grave de calentamiento. Si partimos de que "peligroso" es 2 °C, sospecho que acabaremos quemados. Mucha gente lo lamentará, pero uno se pregunta si esto en realidad no es un fallo de la gente en lugar de los gobiernos. De hecho, muy pocas personas estarían dispuestas a pagar una cantidad sustancial de dinero para evitar un calentamiento global del que dudan y que les queda lejos, y las políticas gubernamentales son un vivo reflejo de esta realidad. No cabe duda de que los gobiernos han empeorado la situación con su incapacidad de llegar a acuerdos eficaces básicos, como se demostró en Copenhague. La causa que subyace es básicamente la falta de intereses públicos en solucionar el problema.

John Schellnhuber, consejero de asuntos sobre el clima del gobierno alemán y director de Potsdam Institute for Climate Research, Alemania

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Copenhague fue un acontecimiento emblemático como mínimo por dos razones. En primer lugar, la élite creadora de políticas globales allí reunida confirmó que la evidencia científica del calentamiento global es el marco de referencia para todas las estrategias de protección del clima.

En segundo lugar, después de casi 20 años de encumbrados anuncios y tópicos baratos sobre la sostenibilidad, la reunión dejó claro de forma despiadada lo poco que están dispuestos a contribuir los respectivos estados soberanos al bienestar de la humanidad hoy por hoy.

La reunión de las Naciones Unidas en Bonn este verano será el banco de pruebas indispensable para salir del lodazal de Copenhague.

Dado que la cumbre de Copenhague fue una simple extensión de todas las misiones negociadoras existentes, habrá un despliegue de múltiples actividades bilaterales y multilaterales en cuanto las partes se recuperen del shock que les atormenta. La reunión de las Naciones Unidas en Bonn este verano probablemente será el banco de pruebas indispensable para salir del lodazal de Copenhague. Si existe algo parecido a un acuerdo sobre el clima internacional, eficaz y legalmente vinculante, se debe instaurar un concepto más que convincente que casi todos consideren tolerable, si no justo. Creo que todavía estamos a tiempo de adoptar esta visión para terminar con la agonía de la política climática habitual. Desde mi punto de vista, el problema de Copenhague no lo planteó el numeroso grupo de países pequeños, sino fundamentalmente Estados Unidos y China. Si ambos estuviesen dispuestos a cooperar en la protección del clima, el sistema de Naciones Unidas también funcionaría a la perfección.

Bill McKibben, fundador de 350.org

Creo que el Acuerdo de Copenhague claramente dejó de lado los últimos hallazgos científicos. Casi dos terceras partes de los países secundaron el objetivo de limitar las concentraciones atmosféricas de dióxido de carbono a 350 partes por millón (ppm), pero eran los que menos contaban, las naciones pobres y vulnerables.

El siguiente hito importante es ver si la sociedad civil, a nivel mundial y en Estados Unidos, es capaz de estar a la altura de las circunstancias y crear la clase de presión que permitiría lograr éxitos políticos. La cuestión no es realmente ponerse de acuerdo, sino cumplir los puntos decisivos fijados por físicos y químicos. Hubo una demanda real y poderosa de cumplir esos puntos decisivos por parte de las 112 naciones que secundaron el objetivo de las 350 ppm en Copenhague: comprendieron los datos científicos y que su futuro estaba en juego.

Estados Unidos y China, fracturando el proceso de Naciones Unidas, firmaron su propia sentencia.

Estados Unidos y China decidieron que no querían que estas molestas naciones sobrecargasen las conversaciones con sus irracionales exigencias de supervivencia, por lo que rompieron su propio pacto. Sin embargo, en cierto sentido, Estados Unidos y China, fracturando el proceso de Naciones Unidas, también firmaron su propia sentencia. Es decir, día a día aumenta la carga de responsabilidad que deben soportar. Toda la sociedad civil debemos averiguar cómo poner esto de manifiesto.

Roger Pielke Jr, University of Colorado, Boulder

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El resultado de la reunión de Copenhague debería ser obvio: simplemente no hay manera de que el mundo coordine sus esfuerzos para estabilizar las concentraciones de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero a través de un mecanismo enfocado a objetivos y calendarios vinculantes para la reducción de las emisiones. A menudo se define la irracionalidad como hacer lo mismo y esperar distintos resultados. Con todo, muchos de los que participaron en el debate sobre el clima parecen dispuestos a olvidar la experiencia de Copenhague y prepararse para empezar de cero en Ciudad de México. ¡Irracional!

Quizá deberíamos apartar de nuestras mentes la idea estéril de que hay un umbral que en cierta medida separa lo que se considera clima peligroso y clima seguro. El clima ya es peligroso para mucha gente. Además, con independencia del objetivo de estabilización elegido (450 ppm, 350 ppm u otro cualquiera), las implicaciones políticas son básicamente las mismas y se precisan mejoras de la eficacia nunca antes experimentadas, así como una expansión masiva del suministro de energía con bajas emisiones. El ritmo con el que conseguiremos esos objetivos no vendrá determinado por ninguna clase de obtención de objetivos de temperatura global, bastante absurdos, sino por la tecnología, la innovación y la economía.

Quizá deberíamos apartar de nuestras mentes la idea estéril de que hay un umbral que en cierta medida separa lo que se considera clima peligroso y clima seguro.

Ha llegado el momento de centrarse mucho más directamente en la descarbonización de la economía global. Esto significa la mejora de la eficacia energética y la expansión del suministro de energía con bajas emisiones de carbono. Estas acciones no surgirán de tratados, sino de la implantación de procesos de innovación a lo largo de muchas décadas, en un proceso frustrante y gradual. Estos objetivos, no siempre, pero en la mayoría de los casos, son compatibles con políticas enfocadas a la mejora de la seguridad energética (en lugares tan diversos como Reino Unido y Pakistán) y con la expansión del acceso a la energía para los 1.500 millones de personas que carecen de un suministro eléctrico estable. Sería interesante que los países negociasen un impuesto sobre el carbono de consumidores a distribuidores, así como el mecanismo para hacer que los ingresos obtenidos reviertan en ayudas a la descarbonización, la seguridad energética y la mejora del acceso a la electricidad. Estas negociaciones seguirían siendo muy complicadas y políticas.

 
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