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Ecología: Adiós a lo “natural”

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Ecología: Adiós a lo “natural”

El cambio climático hará que los parques nacionales del futuro no sean como los que conocemos. La pregunta es: ¿qué aspecto tendrán?
Emma Marris
Nature 469, 150-152 (2011)

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¿Se imagina el Parque Nacional de los Glaciares de Montana sin glaciares? ¿O el Parque Nacional Joshua Tree de California sin los árboles que le dan nombre? ¿Y el Parque Nacional de las Secuoyas, también en California, sin secuoyas? En 50 años, el cambio climático habrá afectado tanto a algunos parques de Estados Unidos que sus propios nombres no serán más que un anacronismo.

Según Jon Jarvis, director de la Agencia de Parques Nacionales de este país desde 2009, el cambio climático es “la mayor amenaza de la historia para la integridad de los parques nacionales de Estados Unidos”. Esta postura representa un cambio radical con respecto a la predominante durante los años de gobierno de Bush, en los que no se admitía claramente la existencia del cambio climático. Ahora, los responsables de los parques, tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo, están trabajando junto con los investigadores para predecir el cambio que puede ocurrir en los paisajes de los que están a cargo. Y ya se están dando cuenta de que el objetivo tradicional de la mayoría de los parques, preservar un terreno en su estado “natural”, es insostenible. En palabras de Ken Aho, experto en ecología de la Universidad Pública de Idaho en Pocatello (EE. UU.), que se encarga de estudiar las especies no autóctonas del Parque Nacional de Yellowstone (Wyoming, EE. UU.), “no se puede luchar contra el clima”. Al final, “no hay más remedio que tirar la toalla”.

Yellowstone, el primer parque nacional del país, es precisamente el mejor ejemplo del compromiso por la fidelidad histórica, con un paisaje por el que parece no pasar el tiempo. Por sus senderos se ven aún bisontes y lobos. Uno piensa que en cualquier momento puede aparecer un grupo de exploradores a la vuelta de la esquina.

Gran parte de las 900.000 hectáreas del parque se sitúa sobre una meseta, atravesada por ríos y adornada por cuencas en las que se encuentran aguas termales y géiseres. El parque se creó en 1872 para proteger las maravillas geológicas y salvaguardar los paisajes silvestres, emblema del oeste del país. Desde 1916, tanto Yellowstone como el resto de parques y monumentos de Estados Unidos se han gestionado a través de la Agencia de Parques Nacionales, cuyo objetivo ha sido mantener la tierra en su estado “natural”, es decir, tal y como estaba antes de que llegaran los blancos. El conocido Informe Leopold, de 1963, dice textualmente: “Los parques nacionales deberían ser un esbozo de la América primitiva” (A. S. Leopold et al., Gestión de las zonas silvestres en los Parques Naturales, Consejo Asesor de Gestión de Zonas Silvestres, 1963).

Sin embargo, ya no es posible preservar Yellowstone tal cual estaba en 1972, si es que lo fue alguna vez. El cambio climático ya ha empezado a transformar el parque (véase la sección “En peligro”). Éste se ha visto afectado por tres plagas provocadas por la subida de las temperaturas: los incendios son cada vez más frecuentes, la fauna está empezando a cambiar y las relaciones entre los seres vivos y su entorno se están transformando. En el resto de parques nacionales del país se están produciendo efectos parecidos y la Agencia de Parques Naturales está empezando a reaccionar. En septiembre de 2010 publicó su Estrategia de Respuesta Frente al Cambio Climático, que incluye apartados sobre ciencia, adaptación, mitigación y comunicación (Programa de Respuesta frente al Cambio Climático de la Agencia de Parques Nacionales, 2010). En este informe, la Agencia deja entrever que el cambio climático puede traer consigo un cambio en la definición de su misión. Es posible que el objetivo ya no sea mantener el estado natural o que se prohíban importantes estrategias de adaptación como el traslado de especies o la cría selectiva. Además, puede que la batalla ya esté perdida.

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Un avance incontenible
Basta con pasear en coche por el Parque Nacional de Yellowstone para observar los cambios en el paisaje. Lo más impresionante es la multitud de árboles muertos, víctimas de un insecto del tamaño de un grano de arroz. Los escarabajos del pino de montaña, parásitos autóctonos, perforan la madera viva de los árboles y se reproducen en su interior. Las temperaturas de –40 ºC en invierno matan a estos insectos, lo que permite limitar su población. Sin embargo, las altas temperaturas registradas en los últimos diez inviernos han permitido su proliferación. Más de la mitad de los bosques de coníferas existentes en el mayor ecosistema de Yellowstone se han visto afectados por este escarabajo y el 10% ha sufrido una plaga de gran intensidad, con una pérdida de más del 40% de los árboles. En la parte occidental de Estados Unidos, la Agencia ha recurrido a insecticidas para proteger algunos de los árboles y ha retirado parte de los que ya estaban muertos. Sin embargo, en la mayor parte de los casos no puede hacer más que observar el avance imparable de la muerte de los árboles.

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El cambio climático puede provocar el aumento de los grandes incendios, similares a los producidos en 1988 (imagen superior), así como acelerar la destrucción de los árboles por el escarabajo del pino de montaña (imagen inferior), que aflora a altas temperaturas.

La estela de restos muertos que dejan los escarabajos parece una invitación a que se produzcan grandes incendios, lo que provocaría una transformación aún mayor del paisaje, aunque puede que no sea así. Monica Turner, experta en ecología de la Universidad de Wisonsin-Madison, ha modelado los grandes incendios de Yellowstone, como los producidos en 1988, en los que ardieron 321.000 hectáreas de bosque. Con ayuda de su equipo, la científica ha descubierto que estos incendios se propagan a través de la copa de los árboles vivos y no de la madera muerta. Además, el ataque de los escarabajos mata a los árboles y, por tanto, reduce la cantidad de madera en los bosques, creando espacios vacíos que podrían frenar un incendio.

El grupo de Turner prevé que los grandes incendios que se producen habitualmente cada cientos de años puedan estallar más a menudo en el futuro, pero no por la acción de los escarabajos, sino por el aumento de las temperaturas y el cambio en el nivel de las precipitaciones. Como consecuencia de ello, algunas partes de Yellowstone se podrían convertir en bosques jóvenes, con menos capacidad que los más maduros para absorber el dióxido de carbono de la atmósfera. En última instancia, el parque podría pasar de ser un sumidero de carbono a ser una fuente de este elemento.

No obstante, es difícil predecir el futuro. Es posible que los pinos que no se vean afectados por las llamas crezcan más a temperaturas más altas. De hecho, el crecimiento del Pinus concorta está limitado por la duración de la época de crecimiento y por las bajas temperaturas. Entre tanto, es posible que especies como el alerce, que en la actualidad sólo se encuentra a altitudes inferiores a las de Yellowstone, vayan subiendo de altitud a medida que las temperaturas crecen.

A su vez, otras especies de árboles conocidas pueden desaparecer a nivel local. El pino de corteza blanca, habitual a gran altitud, está sufriendo un ataque triple por parte de los escarabajos de pino de montaña, el moho de ampolla (enfermedad causada por un hongo) y el cambio climático. A medida que los puntos más altos de Yellowstone se calientan, se espera que este árbol viva a altitudes más altas, pero entonces cada vez dispondrá de menos superficie. Según Turner, “el futuro del pino de corteza blanca en Yellowstone no está claro”.

El movimiento de los ecosistemas no se puede predecir. En opinión de Stephen Gray, climatólogo de la Universidad de Wyoming en Laramie, que trabaja para reducir la escala de los modelos del cambio climático y permitir así una predicción de los cambios de cada parque, “a menudo las migraciones que se producen como consecuencia del cambio climático son muy complejas”.

Mientras los expertos se afanan por predecir los cambios, los responsables de los parques tienden cada vez más a un nuevo estilo de gestión, que deberá aceptar por lo menos uno de los principios que tradicionalmente se han considerado reprobables en la profesión: dejar que las cosas cambien o intervenir de forma drástica para que sigan como están. En muchos casos, el reto será elegir una de estas dos estrategias.

Si se decantan por la segunda opción, deberán crear un entorno que propicie el cambio. Por ejemplo, muchos expertos en biología de la conservación defienden la creación y el mantenimiento de caminos que conecten los parques con otras zonas naturales. Cuanto mayor sea la zona que se une, más espacio tendrán las plantas y los animales para moverse y más variedad genética habrá para permitir la adaptación.

Una de las especies que se podría beneficiar sería el glotón (también llamado carcayú). Según las predicciones climáticas, puede que, antes de 2040, en las zonas más bajas dentro del rango de altitud en el que se mueven, la nieve ya no sea tan profunda como estos animales necesitan para fabricar sus madrigueras. Así pues, quizá los responsables de los parques deberían centrarse en aumentar la calidad y la conectividad de la tierra en las Montañas Rocosas de Colorado, en la Sierra Nevada de California y en partes de Wyoming y Utah, con el fin de garantizar que la población de glotones sea lo suficientemente grande para seguir sana en términos genéticos.

Para poder construir caminos de unión en zonas que quedan fuera de la competencia de los parques nacionales, la Agencia está comenzando a formar parte de cooperativas de protección de los paisajes, una iniciativa que comenzó en septiembre de 2009. Agencias federales y estatales, organizaciones de protección, investigadores universitarios: todos ellos, con ayuda de otros agentes interesados, se centran en gestionar la tierra como unidades, en lugar de hacerlo de forma independiente para cada parque, bosque o terreno particular.

Con mano firme
La dificultad reside en decidir hasta qué punto entrometerse. Puede que sea necesaria una intervención drástica para proteger algunos de los mamíferos más grandes y los árboles más representativos de Yellowstone (véase el apartado “Cuatro años de preocupación por el oso pardo”). Para proteger el pino de corteza blanca, algunos científicos de diversas agencias han comenzado a identificar árboles resistentes al moho de ampolla y a recopilar semillas con el fin de que nazcan árboles resistentes a él. Asimismo, han empezado a plantar pinos de corteza blanca en algunas de las zonas recientemente quemadas. Tienen intención de usar insecticidas para proteger los árboles de los ataques del escarabajo, así como talar las ramas infectadas y segar la vegetación alrededor de los árboles para darles una ventaja competitiva. Además, planean evitar que los incendios quemen los grupos de pinos de corteza blanca que sean resistentes al moho o que presenten una diversidad genética extraordinaria. Algunos de estos planes recuerdan mucho a la jardinería paisajística.

La alternativa sería dejar morir a los pinos de corteza blanca de Yellowstone y plantarlos en otro lugar en el que podrían crecer en un futuro con temperaturas más altas. Sally Aitken, experta en genética de plantas de la Universidad de British Columbia (Vancouver, Canadá), ha plantado pinos de esta especie a una altitud que queda fuera de su rango actual, al noroeste de la Columbia Británica y parece que el clima les sienta bien.

Jarvis ha propuesto que se muevan las especies fuera de su rango actual para aumentar sus opciones de supervivencia, pero no cree que haya que hacerlo ya. “Lo más importante es que estamos dispuestos a debatir sobre estas cuestiones —afirmó—. No nos da miedo hablar de ello.”

Otros países han renunciado a la preservación de la naturaleza y se han fijado objetivos que engloban una serie de condiciones aceptables, sin descartar una intervención drástica. En Canadá, la organización Parks Canada practica la “integridad ecológica”, es decir, protege la flora y fauna que tiene posibilidades de seguir siendo fuerte.

En una conferencia sobre el ecosistema de Yellowstone celebrada en octubre pasado, muchos de los ponentes hablaron de una gestión centrada en la “resilencia”, más que en la fidelidad tradicional. Se trata de fomentar la capacidad de los ecosistemas para adaptarse a los tiempos sin que cambie su carácter. En lugar de intentar preservar tal cual un ecosistema que sufre y se desmorona con la llegada de un verano cálido, la idea es dejar que las cosas cambien de forma armoniosa.

Sin embargo, la Agencia de Parques Naturales de Estados Unidos no tiene previsto cambiar su misión. Jarvis no cree “que la resilencia sustituya a nuestro principio de gestión actual. Nuestro objetivo nunca ha sido que [los parques] se quedaran estancados”.

La resiliencia puede ser un objetivo factible para Yellowstone, aunque el parque no tenga el mismo aspecto que en 1872. Es posible que el pino de corteza blanca no sobreviva, pero el pino contorto es muy resistente. Los osos y los lobos son listos. Yellowstone es grande y duro de roer.

“Como científica enamorada de la región —afirmó Turner—, creo que Yellowstone superará el cambio climático. Es una zona muy resistente Los incendios de 1988 no fueron una catástrofe. Los escarabajos del pino tampoco lo son.”

Cuatro años de preocupación por el oso pardo

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Los osos pardos resisten bien el calor. Si las temperaturas suben unos grados en el Parque Nacional de Yellowstone, simplemente perderán algo de pelo. Sin embargo, otros cambios derivados de un futuro más cálido pueden suponer una verdadera prueba para ellos. Sus movimientos tienden a girar en torno a unas pocas fuentes de nutrientes a lo largo del año, varias de las cuales se encuentran amenazadas por el cambio climático y por la llegada de especies exóticas.

En primavera, los osos salen de su madriguera y se dirigen a los arroyos que desembocan en el Lago Yellowstone, en busca de truchas degolladas que migran arroyo arriba para desovar. Hoy en día, hay veces que los osos no encuentran premio. Las truchas de lago, introducidas recientemente, se están comiendo a las truchas degolladas y ese tipo de peces se queda en el lago para desovar.

En verano, los osos pardos se dan un festín de gusanos cortadores, que se encuentran en las rocas situadas a gran altura en Yellowstone. Según Hillary Robinson, experta en ecología de Bozeman (Montana, EE. UU.), “los osos pardos pueden saciar cerca de la mitad de sus necesidades energéticas anuales en unos 30 días de búsqueda de gusanos”. Si el cambio climático reseca los microhábitats húmedos preferidos por los gusanos o reduce la población de flores presentes en las llanuras, de las que éstos se alimentan, los osos pardos de Yellowstone se resentirán.

En otoño, las semillas del pino de corteza blanca, que las ardillas esconden astutamente, son uno de los alimentos favoritos de los osos. Sin embargo, la cantidad de pinos de este tipo se está reduciendo debido a un hongo introducido recientemente y a la proliferación de los escarabajos del pino de montaña, que se achaca al cambio climático. En Yellowstone, aproximadamente el 82% de estos pinos están muertos o moribundos.

Los problemas continúan a finales de otoño y en invierno, cuando los osos pardos que aún no han comenzado la hibernación salen en busca de alces u otros mamíferos muertos a consecuencia de las condiciones climatológicas. Si los inviernos se suavizan, es posible que haya menos cadáveres. La escasez de carne puede ser el motivo por el cual, en los últimos años, los osos están abandonando el parque o se están alimentando de vísceras dejadas por cazadores.

Por si esto fuera poco, Hank Harlow, fisiólogo experto en osos de la Universidad de Wyoming en Laramie, está preocupado porque unos inviernos cálidos hagan que los osos salgan de su hibernación, lo que reduciría el tiempo que pasan durmiendo para ahorrar energía. Es posible que la energía invertida en despertarse haga que las hembras no consigan acumular los cinco kilogramos de grasa que necesitan para parir y cuidar al cachorro durante la hibernación.

Los responsables de los parques temen que los osos, al reducirse sus fuentes de alimentos, se adentren en el entorno humano en busca de piezas dejadas por los cazadores, así como de ovejas o desperdicios. A muchos de ellos los dispararán: el ser humano es uno de los principales causantes de la muerte entre los osos. Según Mark Haroldson, biólogo del Grupo Interinstitucional de Estudio de los Osos Pardos en el Observatorio Geológico de Estados Unidos, “siempre que salgan de los terrenos públicos se encontrarán con una interfaz urbana, humana”. Para ellos —afirmó—, “es un campo de minas”.

Si el cambio climático y la presión del ser humano reducen los alimentos disponibles hasta el punto que la tierra no sea capaz de nutrir a una población de osos viable, puede que los responsables de Yellowstone tengan que decidir entre dejar ir a los osos pardos o alimentarlos, una opción incompatible con el intento de mantener el parque en su estado natural.

Leigh Welling, la responsable de la Respuesta frente al Cambio Climático de la Agencia de Parques Nacionales de Estados Unidos, afirmó que alimentar a los osos le “preocupa”. Aun así, añadió: “no creo que lo podamos descartar”.

 
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