El juego del cambio climático
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El juego del cambio climático
Se desvanecen las esperanzas de que pueda surgir un tratado sólido en las negociaciones del mes que viene en Copenhague. Sin embargo, a los investigadores que estudian la cooperación no les sorprende.
Mason Inman
Nature Reports Climate Change 3, 130-133 (2009)
El movimiento para forjar un tratado global de peso para luchar contra el cambio climático ha sido terriblemente lento. Pero antes de decidir de quién es la culpa, veamos lo qué ocurrió cuando Manfred Milinski pidió a varios grupos de estudiantes universitarios que salvaran el planeta de una catástrofe climática. Milinski, director del Instituto Max Planck de Biología Evolutiva en Plön, Alemania, quería ver si los estudiantes podían unirse para solucionar ese problema, lo que sólo puede lograrse mediante la cooperación. Y tenían que hacerlo con un presupuesto de tan solo 40 euros diarios.
 [Los negociadores del clima que participarán en las conversaciones de la ONU en diciembre son más propensos a la colaboración que el resto de la gente, según un estudio. ©Istockphoto / Lise Gagne]
El futuro del clima no estaba realmente en manos de estos estudiantes y, por lo visto, mejor que fuera así. Se trataba sólo de un experimento en un campo floreciente llamando economía del comportamiento. Los estudios de este tipo y las simulaciones por ordenador del campo afín de la teoría de juegos pueden utilizarse para averiguar si las personas van a cooperar o se van a negar obstinadamente a participar en un equipo. Si bien estos juegos quedan muy lejos del complicado mundo de la política, nos proporcionan información sobre qué estrategias tienen probabilidades de triunfar en las negociaciones sobre el clima, donde realmente nos jugamos nuestro futuro.
A los estudiantes del experimento de Milinski1 les dijeron que si no colaboraban en un fondo para reducir las emisiones, el mundo sufriría casi inevitablemente un cambio climático catastrófico. “Era una situación como la de El día de mañana”, afirmó Milinski en referencia a la película donde un súbito cambio climático provoca el derrumbamiento de las capas de hielo, inundando la ciudad de Nueva York y dando lugar a migraciones masivas.
Para hacer el trabajo, cada equipo de seis estudiantes necesitaba 120 euros, más de lo que tenía cada estudiante. El juego consistía en diez rondas y en cada una de ellas los estudiantes tenían la oportunidad de aportar una pequeña suma, una más generosa, o nada en absoluto. Si lo lograban, podían quedarse con el dinero sobrante. Sin embargo, si fracasaban, el clima se iría con toda seguridad al garete, en cuyo caso perderían todo, tanto el fondo colectivo como su asignación personal.
“No hay posibilidades de conseguir un acuerdo global sólido en Copenhague.”
Carlo Carraro
“Creía que todos conseguirían el objetivo –afirmó Milinski–. Podían ver con toda claridad hacía dónde nos dirigíamos y algunos podrían haber aportado más para salvar la diferencia”, señaló. Pero le sorprendieron. Aun enfrentándose a la posibilidad de una muerte casi segura, sólo la mitad de los 30 equipos reunió suficientes fondos. Y en una variante del experimento en la que sólo había un 50% de posibilidades de catástrofe climática, el resultado fue aún peor: Sólo uno de cada 10 equipos culminó su tarea. “Es realmente frustrante”, declaró Milinski.
Los líderes mundiales fingen
El experimento de Milinski era simplista. Librar al mundo real de un cambio climático peligroso no sería nunca una cuestión de todo o nada. Pero desde otro punto de vista, el desafío de los estudiantes era mucho más fácil que el que tienen ante sí los negociadores que se reúnen en Copenhague este diciembre, donde su misión consiste en alcanzar un tratado eficaz y equitativo.
En el juego de Milinski los estudiantes que se enfrentaban a una catástrofe casi cierta habrían salido mejor parados de haber aportado la mitad de su dinero –20 euros– al fondo colectivo. Habría sido suficiente para evitar el desastre y habrían maximizado sus ganancias. Sin embargo, si no cooperaban, acabarían sin nada, una situación obviamente mucho peor para cada uno de los miembros del equipo. Y aun así dejaron de cooperar una gran parte del tiempo.
En términos económicos tradicionales, los estudiantes no fueron “racionales”, es decir, no maximizaron su recompensa a corto plazo. La teoría de juegos es una rama de las matemáticas aplicadas utilizada en ciencias sociales que se especializa en analizar las estrategias que se desarrollan en juegos como el de Milinski para ver si llevan a la cooperación o al egoísmo, y cuál sería el mejor resultado para cada persona o para el grupo. En el experimento de Milinski, la teoría de juegos predice que los jugadores racionales se decantarían por la solución óptima ganador-ganador.
 [Yvo de Boer, secretario ejecutivo de las Naciones Unidas para el cambio climático, muestra su consternación por el lento avance de las negociaciones climáticas en Bangkok, septiembre de 2009. Epa / Oliver Berg]
Pero incluso cuando la gente no es perfectamente racional en sentido económico, sigue habiendo una lógica en su comportamiento. Los estudios sobre la cooperación muestran que cuando un puñado de desconocidos se reúne, “la gente por lo general se suele preocupar por sí misma, pero también se preocupan por los demás y quieren hacer lo que esté bien”, aseguró el economista del comportamiento Olof Johansson-Stenman, de la Universidad de Gotemburgo en Suecia. “Nos preocupamos por los pobres, por las generaciones futuras, por la justicia… Eso es lo bueno desde el punto de vista de la economía del comportamiento.”
Hasta ahora la preocupación por la justicia ha sido importante en las negociaciones sobre el clima y muchos países en vías de desarrollo sostienen, por ejemplo, que sería injusto imponer unos objetivos de emisiones obligatorios si se tiene en cuenta que el calentamiento actual es sobre todo culpa de los países ricos. Las naciones ricas, por otra parte, señalan las crecientes emisiones de economías emergentes como la china, que ahora es el principal productor mundial de gases de efecto invernadero. “Estas discusiones sobre la justicia pueden utilizarse con propósitos estratégicos –afirmó Johansson-Stenman–. Si son útiles es porque a la gente le importa la justicia.”
Pero para que estas tácticas tengan un resultado feliz, los negociadores necesitan herramientas que contribuyan a la cooperación y los estudiantes de la clase de Milinski no tenían ninguna. No tenían forma de recompensar a los miembros del equipo que ayudaban ni tampoco de castigar a los que se negaron a mover un dedo. Y la reputación que se podían haber ganado los estudiantes –buena o mala– no se conocía fuera del juego. “Las noticias menos buenas de la economía del comportamiento”, como afirmó Johansson-Stenman, es que “a menos que tengas autoridad, la gente suele gravitar hacia lo que hubiera predicho la teoría de juegos convencional”, es decir, que la gente sólo coopera si es en su propio interés. En concreto, si no hay forma de mantener a raya a los vagos, pueden minar la voluntad de todo el grupo. Algunos que normalmente serían altruistas suelen dejar de preocuparse por la justicia o la igualdad y se vuelven egoístas2.
Abordar el cambio climático en la escena mundial es mucho más difícil que conseguir que los seis miembros de los grupos de Milinski trabajen como un equipo. En Copenhague casi 200 países intentarán llegar a un acuerdo y habrá un pequeño equipo en representación de cada país. En comparación con las personas corrientes, los negociadores del clima y otros funcionarios que participan en las conversaciones están más preocupados por la equidad, que puede promover la cooperación, según un estudio3.
No obstante, “la mayoría de los estudios muestran que los grupos son menos cooperantes que las personas”, afirmó Johansson-Stenman. Esto indica que los equipos negociadores que representan a los países pueden actuar más como jugadores “racionales” en la teoría de juegos. Y desgraciadamente, en comparación con la economía del comportamiento, la teoría de juegos tiene aún peores noticias para aquellos que estén preocupados por las posibilidades de alcanzar un acuerdo en diciembre.
“No hay oportunidades de alcanzar un acuerdo global sólido en Copenhague”, aseguró Carlo Carraro, economista medioambiental de la Universidad de Venecia, Italia, que lleva años utilizando los modelos de la teoría de juegos para estudiar los tratados sobre el clima. El problema es que el cambio climático es diferente de cualquier otro desafío al que la humanidad se haya enfrentado hasta ahora. Hemos logrado una acción colectiva para parar la lluvia ácida, reparar la capa de ozono y evitar la guerra atómica, pero reducir las emisiones es diferente. “El cambio climático es el problema de acción colectiva más difícil”, declaró Scott Barrett, economista de recursos naturales de la Universidad de Columbia, en la ciudad de Nueva York, que utiliza la teoría de juegos para analizar los tratados medioambientales. “La guerra nuclear podría ser peor, pero es más fácil de tratar.”
Mejorar la oferta
¿Qué es lo que hace del cambio climático un problema tan complejo? Uno de los factores es que las emisiones se dispersan rápidamente en la atmósfera. Si un país reduce sus emisiones de gases de efecto invernadero, el beneficio es para miles de millones de personas. Pero imaginemos que hay un país –al que llamaremos Flojilandia– que está emitiendo grandes cantidades de dióxido de carbono y no quiere reducirlas. Si Flojilandia puede convencer de alguna forma a los otros países para que actúen pero no hace nada por su cuenta, se aprovecha de todas las ventajas de un clima más fresco sin hacer ningún esfuerzo. En la jerga de la teoría de juegos se les denomina oportunistas.
“Lo que se necesita es un tratado que cambie los incentivos –aseguró Barrett–. Un buen tratado hace que los países se comporten de otra forma.” Un tratado global eficaz sobre el cambio climático debe repartir por igual palos y zanahorias para alejar a los países de la estrategia por omisión –la de Flojilandia– y llevarlos hacia la cooperación. La clave está en imaginar cómo crear estos incentivos —dicen muchos teóricos de los juegos— para salir del actual estancamiento y para mantener un acuerdo sólido que funcione durante muchas décadas.
Sin embargo, se lamenta Barrett, hasta ahora en las negociaciones “todo se ha centrado en objetivos y calendarios”. Los países, los grupos ecologistas y las organizaciones de ayuda discuten cuánto deberían cortar sus emisiones los países ricos de aquí al año 2050; si debería ser el 50, el 80 o el 90%o. Y están sopesando qué tipo de atmósfera necesitaríamos a largo plazo, si es mejor intentar estabilizar las concentraciones de dióxido de carbono en 550, 450 o incluso 350 partes por millón (ppm), en comparación con el valor actual de 390 ppm. “Creo que es un completo error –señaló Barrett–. Como climatólogos se puede entender. Como seres humanos, tiene sentido. Pero como [punto de partida de] un acuerdo internacional, no hay por dónde cogerlo.”
¿Cómo puede entonces el mundo diseñar un tratado más sólido sobre el clima? Desgraciadamente, la teoría de juegos predice que es difícil arrancar y que es probable que haya puntos muertos. Los países han hecho muchas promesas de recortar los gases de efecto invernadero, señaló Barrett, empezando por la conferencia de 1988 en Toronto que pidió recortes del 20% en las emisiones de CO2 para 2005, un objetivo que varios países europeos se comprometieron a alcanzar. Pero 2005 llegó, se fue, y esos países no lograron sus objetivos4. “Nadie quiere llegar demasiado lejos a menos que los demás lo hagan –afirmó Barrett–, y ése es precisamente el primer paso.”
La clave para que el proceso se ponga en marcha, según indican los estudios sobre cooperación, es trabajar con los palos y las zanahorias. El Protocolo de Kioto –un acuerdo firmado en 1992 para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, vigente entre 2005 y 2012– incluye, por ejemplo, un incentivo en forma de Mecanismo de Desarrollo Limpio. Mediante este acuerdo los países pueden comprar créditos de carbono que sirven para pagar por la reducción de emisiones en los países en vías de desarrollo y permite a los países más ricos retrasar la reducción de sus propias emisiones. Además, si los países incumplen los objetivos de Kioto, se supone que van a ser multados en el siguiente acuerdo y tendrán que recortar más aún sus emisiones en la fase siguiente, después de 2012.
Pero hasta ahora las zanahorias no han sido bastante sabrosas ni los palos tan amenazadores. Si bien el Protocolo de Kioto se estableció originalmente para reducir hasta 2012 las emisiones de gases de efecto invernadero en los países más desarrollados un 5% por debajo de los niveles de 1990, estos objetivos se suavizaron en los acuerdos de continuidad. Además, algunos países como España, Dinamarca y Austria están en vías de excederse en sus objetivos. Canadá, por lo pronto, ha aumentado sus emisiones en más del 30% en lugar de reducirlas en un 6% como se comprometió a hacer.
“Los juegos de las negociaciones tienen reglas poco claras... de forma que la complejidad de la situación real es infinitamente mayor que la que se pueda analizar con la teoría de juegos.”
John Schellnhuber
Lo mismo podría decirse del sucesor del Protocolo de Kioto, según un estudio que Carraro y sus colegas publicaron en septiembre5. Se dieron cuenta de que si los países firman un tratado global, éste podría funcionar, pero sería inestable y muchos países tendrían tentaciones de ir por libre. Mantener esta gran coalición unida supondría enormes transferencias de fondos –del orden de miles de millones de dólares al año– de los países más ricos a los más pobres.
Este tipo de mejoras son fundamentales para cualquier acuerdo sobre el clima, opinan muchos economistas. Si los países más ricos ayudan a los más pobres con tecnologías de bajas emisiones, quizá sirviera para que los países en vías de desarrollo empezaran a recortar sus emisiones. “No espero que China, India [y otros países en vías de desarrollo] se comprometan a nada sin alguna nueva institución que financie las inversiones en energía en esos países por parte de los países desarrollados”, afirmó Thomas Schelling, de la Universidad de Maryland en College Park, que en 2005 compartió el premio Nobel de Economía por su trabajo en la teoría de juegos.
Movimiento gravitatorio
A pesar de estos incentivos, en el estudio de Carraro las coaliciones estables sólo contaban con un puñado de países. Esto se debe a que cuando las coaliciones suman más miembros, los incentivos cambian. Cuantos más jugadores haya en un grupo, menos le importa a cada uno lograr el objetivo del grupo. En grupos más grandes también hay menos presión para no engañar, por lo que es más fácil caer en la tentación del oportunismo. En su modelo, dice Carraro, “normalmente tenemos siete u ocho coaliciones en lugar de una gran coalición única”.
En las negociaciones sobre el clima celebradas hasta ahora, tanto en Kioto como en las conversaciones que desembocaron en Copenhague, la gran presión ha sido dar pie a un acuerdo que firmaran casi todos los países. “Es un poco ingenuo”, señaló Carraro. La teoría de juegos dice que no sólo es una pérdida de tiempo, sino que además podría ser contraproducente.
Aparte de la cuestión de la estabilidad de este tipo de tratados, también hay que preocuparse por su eficacia. Atraer a más países a firmar el acuerdo supone inevitablemente suavizar los requisitos, sostiene Carraro. “Cuanto mayores sean las ambiciones, menos países se sumarán”, afirmó. Esto explicaría además por qué tantos países ratificaron el Protocolo de Kioto, añadió. “Precisamente por su falta de ambición”.
Ahora un número creciente de economistas piden enfoques “desde abajo” que incluyan acuerdos entre grupos más pequeños de países. “Estoy seguro de que es un error intentar que más de doce partes importantes negocien”, aseguró Schelling. Sería mejor limitarse a “la Unión Europea, Estados Unidos, Canadá, Japón, Australia, Rusia y quizá China, India, Brasil e Indonesia”, añadió.
Según este principio, grupos como el G8 y el Foro de las Principales Economías han trabajado para lograr acuerdos entre sus miembros, entre los que se encuentran los países más ricos y los que más emisiones producen. Además, China está trabajando en coalición con Estados Unidos y por separado con India para forjar un acuerdo sobre temas clave antes de las conversaciones oficiales de Naciones Unidas. “El centro de gravedad se ha desplazado –afirmó el economista Robert Stavins de la Universidad de Harvard en Cambridge, Massachusetts–. Hay mucho más interés en los enfoques de abajo arriba.”
Garantizar el cumplimiento
Para que haya un acuerdo sobre el clima no basta con establecer objetivos de las emisiones. La mayoría de los estudios indican que para evitar a los oportunistas habrá que velar por el cumplimiento del tratado. El problema, dijo David Victor, economista de la Universidad de California en San Diego, que no está en la onda de la teoría de juegos, es que “los gobiernos no tienen mucho control directo sobre las emisiones”. Lo que deberían hacer es “centrarse en cosas que los gobiernos controlan de verdad”, como las regulaciones o precios del carbono, sostiene. “Cuanto más te alejas de ello, más difícil es diseñar el acuerdo. Y como es uno de los acuerdos más difíciles de diseñar, es un gran problema que sea eficaz.”
La preocupación de Victor apunta a un gran obstáculo para implementar estos incentivos: a pesar de los miedos de unos cuantos teóricos paranoicos de la conspiración, todavía no hay un gobierno mundial. Por lo que, si bien es posible soñar con normas y castigos para todas las Flojilandias del mundo, no es evidente cómo hacerlo. Algunos han sugerido utilizar sanciones comerciales, como los aranceles a la importación de las mercancías de países que no logren los objetivos de emisiones. Estos impuestos arancelarios se han incorporado en la ley Waxman-Markey sobre el clima que se está estudiando en el Senado de los Estados Unidos, señaló Barrett.
Con independencia del tipo de legislación que implanten los países, dijo Barrett, “es muy importante que sea legítima y que todas las partes la hayan acordado.” Pero los castigos, si los ha decidido un único país, pueden volverse contra él. “Una de las cosas que se ven continuamente en los experimentos –relató Barrett–, es que si los jugadores creen que el castigo es injusto, se rebelarán.” Así que después de todos estos años en los que Estados Unidos ha ido a remolque, explicó, “ahora vamos a equivocarnos probablemente por adelantarnos demasiado a otros países.”
Pero resulta difícil decidir los castigos que sean justos para todo el grupo y que el legislador considere justo imponer. Los estudios en economía del comportamiento indican que es necesario un equilibrio entre los esfuerzos del legislador y la pena de las multas. Expresado en una relación entre el esfuerzo y la multa; “tiene que ser de uno a tres o uno a cuatro”, explicó Milinski. “Si la relación es de uno a dos, no funciona.” Si conseguir que la ley se cumpla supone demasiado esfuerzo, nadie se va a presentar voluntario para las patrullas de vigilancia. Y si el látigo restalla con demasiada fuerza puede dar lugar a rencores o incluso revueltas6. No obstante, dijo Milinski “creemos que el castigo se usaría sólo como último recurso”. En experimentos la gente está dispuesta a utilizar cualquier tipo de incentivo para desanimar a los oportunistas. Y cuando tienen que elegir entre castigo o recompensa, normalmente eligen atraer a sus compañeros de equipo con zanahorias en lugar de ir dándoles palos7.
“Hasta ahora, la mayoría de estas lecciones se habían ignorado –sostuvo Victor–. Por una parte indica que los arquitectos de los acuerdos no han aprendido la lección básica de la teoría de la cooperación. Pero sobre todo es una señal de que la mayoría de los gobiernos no quieren gastarse mucho dinero en el problema del calentamiento.”
Otros no están tan seguros de que los economistas lo puedan explicar con tanta facilidad. “Los juegos de las negociaciones no tienen reglas claras y no hay un árbitro que garantice el cumplimiento, por lo que la complejidad de la situación real es infinitamente mayor de lo que pueda analizar con la teoría de juegos”, dijo John Schellnhuber, director del Instituto Potsdam de Investigación sobre Impacto Climático en Alemania, consejero en temas de clima del gobierno alemán.
Pero incluso si las negociaciones de Copenhague no consiguen colmar sus expectativas, no le provoca desesperación, dicen los teóricos de los juegos como Carraro. Los estudios de cooperación podrían ofrecer un conocimiento sobre cómo conseguir la firma de un acuerdo y que éste se mantenga. Así pues, aunque la mayoría de los estudiantes del estudio de Milinski fracasó en su tarea, sólo por el hecho de jugar podían estar evitando una catástrofe climática.
Referencias
1.-Milinski, M. et al. Proc. Natl. Acad. Sci. USA 105, 2291–2294 (2008).
2.-Brekke, K. A. and Johansson-Stenman, O. “The Behavioral Economics of Climate Change” in The Economics and Politics of Climate Change (eds D. Helm and C. Hepburn) 107-122 (Oxford University Press, 2009).
3.-Dannenberg, A. et al. Inequity Aversion and Individual Behavior in Public Good Games: An Experimental Investigation Discussion Paper 07-034 (Centre for European Economic Research, Mannheim, 2008); http://ssrn.com/abstract=991555
4.-Barrett, S. Environment and Statecraft: The Strategy of Environmental Treaty-Making 366–368 (Oxford University Press, 2003).
5.-Bosetti, V. et al. The Incentives to Participate in, and the Stability of, International Climate Coalitions: A Game-theoretic Analysis Using the Witch Model (Fondazione Eni Enrico Mattei Working Paper 64, 2009); http://www.bepress.com/feem/paper325/
6.-Herrmann, B. et al. Science 319, 1362–1367 (2008). | Article | PubMed | ChemPort |
7.-Rand, D. G. et al. Science 325, 1272–1275 (2009).
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