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La sabiduría de las masas

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La sabiduría de las masas
Si el cambio climático es intrínsecamente un problema social, ¿por qué han tardado tanto los sociólogos en estudiarlo?
Kerri Smith
Nature Reports Climate Change 3, 89-91 (2009).

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[Sitios de observación en China]

¿Cuándo fue la última vez que intentó convencer a su pareja o a un amigo para que hiciese algo por usted? Por ejemplo, lavar los platos u otra tarea que tuviera que hacer pero que prefirió posponer. Probablemente, en la negociación tuvo que recurrir a tácticas de persuasión y elogios y, después, posiblemente a quejas o amenazas. Mucha diplomacia para una situación entre dos personas y una tarea insignificante. Ahora imagine grupos de cientos de personas intentando que otros tantos miles hagan lo que se les pide. Es una tarea de locos, pero es a lo que se enfrenta el mundo cuando llega el momento de abordar el tema del cambio climático.

Es más, los científicos que dedican su vida a medir la velocidad del deshielo en el Ártico o que estudian la química del almacenamiento subterráneo del carbón seguramente no van a solucionar este complejo problema. Afortunadamente, existe un campo de estudio que se centra en la actividad humana y la estructura social: por qué hacemos lo que hacemos y cómo lo hacemos. Nos referimos a la disciplina que se conoce como sociología.

“El cambio climático es el problema de acción colectiva más importante –afirmó Steven Brechin, sociólogo de la Universidad de Siracusa de Nueva York–. ¿Cómo se puede conseguir que la gente acuerde soluciones a corto plazo para un problema a largo plazo?” Jeffrey Broadbent, de la Universidad de Minesota en Mineápolis, que también estudia el modo en que las sociedades influyen en su entorno, cree que la respuesta, al igual que el problema, debe ser de amplio espectro y global. “La única solución reside en un nivel de cooperación global que la humanidad nunca ha visto antes.”

Escasez de medios
Broadbent está empezando a investigar qué factores contribuyen a esta clase de cooperación a nivel nacional. Acaba de poner en marcha un proyecto, denominado “Comparing Climate Change Policy Networks” (Comparación del entramado político del cambio climático), cuyo objetivo es averiguar cómo entra la información sobre el cambio climático en el entramado de partes interesadas de un país concreto y qué sucede cuando al fin llega a las organizaciones y gobiernos.

Actualmente, Broadbent es uno de los distintos sociólogos que han empezado a enfocar las herramientas de la disciplina al cambio climático. En mayo del año pasado, más de treinta sociólogos se reunieron en las oficinas centrales de la National Science Foundation de Estados Unidos, en Arlington, Virginia, para analizar la contribución actual de la sociología a la investigación del cambio climático y cuál es el paso siguiente que deben dar los sociólogos. La conclusión del informe de la reunión fue que “no bastarán las soluciones meramente tecnológicas para mitigar el cambio climático o adaptarse a él”1.

Pero esta actitud de querer es poder no siempre ha estado patente. “Son muchas y valiosas las contribuciones, pero se han hecho muy pocas”, comentó Paul Stern, director del comité académico nacional de Estados Unidos sobre las dimensiones humanas del cambio global. En parte, los motivos son financieros: en los últimos veinte años se ha visto reducida la financiación del programa de investigación del cambio global de Estados Unidos (GCRP, antes conocido como Programa científico sobre el cambio climático) para la investigación de las “dimensiones humanas” del cambio climático. En 1992, el 3% de la financiación recibida del GCRP se invirtió en la investigación de las dimensiones humanas, incluidas las ciencias sociales, y ahora esta cifra ha caído a menos del 2%. Diana Liverman, codirectora del Institute for Environment and Society de la Universidad de Arizona (Tucson) y directora del Environmental Change Institute de la Universidad de Oxford, coincide con Stern: “La financiación del tratamiento del cambio climático desde la perspectiva de las ciencias sociales ha sido patética si se tiene en cuenta la dimensión del reto de investigación al que nos enfrentamos”.

En Reino Unido algunas personas están preocupadas por la intención del gobierno de aislar los fondos de las disciplinas “complejas” como la ciencia, la ingeniería y las matemáticas, ya que creen que afectará negativamente a la capacidad de los sociólogos y otros científicos sociales para centrar su investigación en el cambio climático. Sin embargo, esto puede cambiar gracias al aumento de la financiación para colaborar con las ciencias naturales y sociales tanto en Reino Unido como en Estados Unidos.

Otra cuestión es si los propios sociólogos aprovecharán esas oportunidades. En primer lugar, probablemente deben hacer frente a algunos de los problemas organizativos inherentes a la sociología. Como sucede con la mayoría de las disciplinas académicas, la sociología se divide en subcampos, muchos de los cuales no suelen interactuar entre sí.

“La única solución reside en un nivel de cooperación global que la humanidad nunca ha visto antes.”
Jeffrey Broadbent

La sociología medioambiental, que tiene sus raíces en el movimiento ecologista de la década de los setenta, encaja de forma más natural en el área de influencia de la investigación del cambio climático. Sin embargo, a pesar de la resistencia de este campo, los sociólogos medioambientales están bastante aislados de la corriente principal de la disciplina, con una escasa presencia en las conferencias más importantes y publicaciones en diferentes diarios.

Por ejemplo, la American Sociological Review ha publicado “literalmente un puñado” de artículos sobre estudios medioambientales en las tres últimas décadas, apuntó Thomas Dietz, director del Environmental Science and Policy Program de la Michigan State University (East Lansing). Según Dietz, que trabaja en la frontera entre la ciencia medioambiental, la sociología y la ecología humana, “la sociología en Estados Unidos no considera el medioambiente como algo trivial, pero tampoco básico”.

En su lugar, ese núcleo tradicional de la sociología “se ha limitado únicamente a estudiar a las personas”, afirmó Broadbent, con un enfoque basado meramente en las interacciones entre las personas, las sociedades o los países. “Una idea muy común es que la naturaleza es en cierta medida un concepto de fondo estable, invariable”, comentó Constance Lever-Tracy, socióloga dedicada al estudio de la migración en la Flinders University de Adelaida, Australia. Toda esta situación llevó a Lever-Tracy a escribir un artículo el año pasado para el diario Current Sociology. En dicho artículo quería resaltar el hecho de que sus colegas hubieran tenido tan poco que decir sobre el cambio climático2. “La sociología siempre intenta decir algo sobre casi todo, pero, para mi sorpresa, esta vez no encontré casi nada”, afirmó.

También Liverman ha observado estos problemas disciplinarios. “La verdad es que en las dos instituciones en las que trabajo, Oxford y Arizona, no se ha podido contratar a sociólogos expertos en cambio climático”, señaló. ¿Por qué? “Es gracioso, pero tienden a estar más interesados en teorías generales que en asuntos concretos.” Las diferencias en el modo de investigar pueden ser favorables o desfavorables. “Los científicos físicos pueden tratar con cierto desdén la ciencia cualitativa”, comentó Brian Hoskins, director del Grantham Institute for Climate Change (Imperial College de Londres). Y añadió que, por su parte, “los científicos sociales usan jerga que presuponen que los científicos físicos entenderán”.

Ciudades egoístas
A pesar de estos obstáculos, los sociólogos están empezando a estudiar cómo se puede aplacar el problema a nivel colectivo, en distintas escalas. Aunque, por ejemplo, Broadbent se decantó por el ámbito nacional, otros se centran en las comunidades o ayuntamientos, y algunos incluso llegan al nivel familiar.

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[La llegada del equipo a Shouxian fue motivo de celebración. J. Qiu; Z. Li; J. Qiu]

Sammy Zahran (Colorado State University, Fort Collins) comenzó su análisis con una pregunta irónica pero sencilla sobre qué hace que los gobiernos locales participen en programas para la reducción de las emisiones de dióxido de carbono. Despertó su interés el éxito de un programa llamado Ciudades por la protección del clima, que anima a los ayuntamientos de todo el mundo a reducir las emisiones y mejorar la calidad del aire.

Zahran se pregunta “por qué, desde una perspectiva de elección estrictamente racional, un ayuntamiento asumiría los costes de un programa de escasos beneficios económicos”. Su pregunta en realidad iba enfocada al hecho de si existe una lógica matemática detrás de la respuesta local al cambio climático. Tanto él como sus colegas eligieron 150 zonas de Estados Unidos (condados, áreas metropolitanas o aglomeraciones urbanas) responsables en total de una tercera parte de las emisiones de dióxido de carbono de Estados Unidos (en total, hay más de 3.000 zonas como estas en el país).

Observaron tres características en cada una de ellas. La primera fue el nivel de riesgo al que se enfrentaban estas zonas debido al cambio climático, que los investigadores midieron a través de los cambios de temperatura en el último siglo, la proximidad a la costa y un registro de la historia de acontecimientos adversos de la zona (huracanes, inundaciones, sequías) que pudieran estar relacionados con el cambio climático. En segundo lugar, estudiaron los niveles de estrés de la zona (no la ansiedad, sino en qué medida estos niveles podían afectar al medio ambiente debido a las emisiones de dióxido de carbono de la industria, por ejemplo). Por último, tuvieron en cuenta la situación política y analizaron si una zona era predominantemente demócrata o republicana.

Lo que descubrieron fue desalentador, pero lógico. “Los que estaban en mayor riesgo y tenían una menor responsabilidad eran los más deseosos de participar, mientras que los más responsables y en menor riesgo eran los que menos”, afirmó Zahran. Ante la circunstancia de que una zona generase una gran cantidad de emisiones de dióxido de carbono y nunca hubiese padecido las consecuencias, la probabilidad de que esa zona participase activamente en los esfuerzos por reducir las emisiones era escasa3.

Aunque el hallazgo pueda parecer obvio, gracias al proyecto de Zahran, ahora puede empezar a dejar de ser una mera anécdota y suposición. Esta clase de estudio podría ser valioso para el gobierno federal a la hora de tomar decisiones sobre la lucha contra el cambio climático a la vista de esta idea. Zahran afirmó que la principal cuestión es: “¿Cómo se controla la participación de estos estados en un programa cuando las distintas zonas parten de principios tan diferentes?”.

Su trabajo ya ha identificado los “sectores de interés”, las zonas con perfiles de riesgo y estrés similares, que los políticos pueden considerar a la hora de recomendar planes de acción comunes. Según Zahran, estos puntos de interés también justifican pactos regionales sobre el clima, como el sistema de incentivos por reducción de emisiones que ya funciona en diez estados del nordeste de América.

Los resultados obtenidos por Zahran también le permitieron ofrecer algunas sugerencias sobre la mejor forma de mitigar los efectos del cambio climático: “Dado que los costes y beneficios tanto de la acción como de la falta de acción política se distribuyen de forma desigual en función de la zona, es probable que no tengan éxito los programas de participación voluntaria a nivel local. Los incentivos individuales son demasiado elevados a nivel municipal”.

Cambio de hábitos
Si ahondamos un poco más y nos adentramos en el hogar de la típica familia norteamericana, nos encontramos a Thomas Dietz. Uno de sus proyectos estudia los motivos por los cuales los niveles de la eficacia energética varían tanto entre las familias de distintos países y cómo pequeños cambios en sus hábitos pueden ayudar a las personas a aprovechar más la energía. Él y sus colegas han calculado que, si un “número razonable” de personas (estimado en el 20 o 30%) hiciesen pequeños cambios beneficiosos para el medio ambiente, como sustituir los filtros del horno o conducir de una forma menos agresiva, el consumo energético global de una familia podría descender hasta un 20%. Ni siquiera se da por hecho que la mayoría de las personas tomen esas medidas. “Los beneficios son sorprendentemente altos”, comentó Dietz.

Entonces, ¿por qué no toma estas medidas todo el mundo? Esto es básicamente lo que desean entender Dietz, Zahran y otros. “La aplicación de los programas económicos y sociales con incentivos [económicos] pueden variar en un factor de diez”, indicó Dietz.

“Son muchas y valiosas las contribuciones, pero se han hecho muy pocas.”
Paul Stern

Los sociólogos están lejos de tener una explicación de cajón de sastre que justifique estas diferencias. Pero el patrón que Zahran observa a nivel de administración local (que la solución egoísta es la que se elige con mayor frecuencia) puede estar funcionando también a nivel nacional. Broadbent afirmó que “los acuerdos internacionales no han podido cambiar nuestras emisiones de gases de efecto invernadero. Tanto en el ámbito de las ciencias naturales como en el de las ciencias sociales nos estamos empezando a plantear por qué los países no se toman el tema más en serio”.

Hay muchas otras preguntas que la sociología podría resolver perfectamente. “La lista es larga”, suspiró Paul Stern. Y enumeró las más importantes: ¿cómo podemos conocer el consumo que controla el cambio climático?, ¿por qué la gente quiere casas más grandes para menos personas y coches más rápidos para carreteras más saturadas?, ¿qué hay detrás de la aceptación pública (o no) de las políticas que intentan mitigar el cambio climático y detrás de las pruebas científicas en las que se basan?, ¿por qué existen diferencias entre los países?

Luego está el siguiente paso. El resultado es una lista de tareas pendientes como ésta, pero ¿cómo se puede llevar a la práctica? “¿Qué consejos puedo ofrecer al gobierno? Sólo esta pregunta ya ha sido una verdadera pugna para mí”, afirmó Stern. Y añadió que, sin duda alguna, se debe dar una dimensión científica a esta área, por ejemplo, garantizando puestos de trabajo estables y formación para los jóvenes investigadores o construyendo más centros interdisciplinarios. Hoskins comentó que otro punto de vista es fijar objetivos que sean realmente interdisciplinarios. El Grantham Institute del Imperial College lo hace a través de proyectos que intentan diseñar ciudades sostenibles o eliminar el carbón como fuente energética. Éstos son proyectos que requieren la colaboración conjunta de ingenieros, químicos, economistas, urbanistas y sociólogos. “Si generalizamos parece que flotamos en la nada, pero ir al grano parece bastante útil”, afirmó. La sociología también debe superar sus propias luchas internas. “Hemos estado azuzando a los sociólogos tradicionales con llamadas de atención”, dijo Brechin.

El mensaje de que todo queda en casa está claro: es estupendo disponer de una técnica totalmente nueva para enterrar el carbón o que las fábricas se pasen al combustible, pero “si no entendemos cómo lo va a percibir la sociedad, puede ser totalmente contraproducente”, afirmó Liverman. Las herramientas de la ciencia natural no pueden ayudarnos a saber cuál es el origen de esta cultura consumista, qué es lo que determina cómo difiere la respuesta de los individuos o las comunidades ante el cambio climático o qué dinámica energética está en juego cuando los gobiernos negocian sus políticas.

En consecuencia, “lo único que nos permite hacer algo es conocer la ciencia y la tecnología necesarias para mitigar el cambio climático y adaptarnos a él”, sentenció Hoskins. “Al final es lo que aceptará la gente.”

Según palabras de Albion Woodbury Small, fundador del primer departamento de sociología de Estados Unidos en 1892, en la Universidad de Chicago: “La sociología nació de la pasión moderna por mejorar la sociedad”. ¿Y qué mejor manera de mejorarla que unirnos a las filas de quienes luchan contra el cambio climático?

Referencias
1. Nagel, J., Dietz, T. & Broadbent, J. Worskhop on Sociological Perspectives on Global Climate Change May 2008 (National Science Foundation, 2009);
2. Lever-Tracy, C. Curr. Sociol. 56, 445-466 (2008).
3. Zahran, S., Grover, H., Brody, S. D. & Vedlitz, A. Urban Affairs Review (in the press).

 
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