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No proliferación: detección en la frontera

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No proliferación: detección en la frontera
Las fronteras de Georgia están vigiladas por los mejores detectores de radiaciones del mercado. ¿Por qué, entonces, sigue habiendo contrabando de material nuclear?
Sharon Weinberger
Nature 464, 26-27 (2010)

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[ Los detectores de radiaciones son una mina de falsas alarmas. ]

En un día completamente normal del pasado mes de agosto, la alarma antirradiaciones empezó a ulular y a lanzar destellos de luz roja cuando un coche intentaba cruzar el paso fronterizo de Sadakhlo. Que se hubiera disparado la alarma no era nada raro. En este remoto puesto situado en la frontera entre las antiguas repúblicas soviéticas de Georgia y Armenia se escanean a diario cientos de coches, autobuses y camiones, y los monitores de radiaciones, situados en unos inconfundibles armarios blancos, se disparan a menudo debido a la radioactividad natural de las baldosas de cerámica, las piedras de cantera e incluso… los plátanos. Pero los niveles de radiación γ detectados en ese coche y en su conductor armenio eran tan altos que la policía de fronteras se vio obligada a llamar a los investigadores nucleares especializados del gobierno de Georgia, que se encontraban en Tbilisi, a unas dos horas por carretera.

Cuando llegaron, los especialistas determinaron que el coche estaba muy contaminado con cesio-137, un isótopo radiactivo que se utiliza en la terapia contra el cáncer y para la irradiación de alimentos y que suele citarse como fuente idónea de los dispositivos de dispersión radiológica, también llamados “bombas sucias”. Pero no pudieron encontrar cesio-137 ni prueba alguna de que el conductor transportara ninguna sustancia peligrosa por lo que los funcionarios llegaron a un punto muerto: y ahora, ¿qué hacemos?

Tampoco estas paradojas son raras en esta parte del mundo. Desde el punto de vista tecnológico, la frontera de Sadakhlo cuenta con unos medios extraordinariamente avanzados: un auténtico escaparate del esfuerzo internacional para combatir el tráfico internacional de materiales nucleares. La policía georgiana que patrulla en este puesto fronterizo puede cotejar los pasaportes con una base de datos centralizada, captar vídeos de todas las personas que cruzan la frontera y utilizar los monitores de radiaciones para detectar indicios de rayos γ y neutrones. Sadakhlo es una más de las modernas instalaciones fronterizas que pueden verse en Georgia y en gran parte de Europa del Este, y cada vez en más puertos marítimos de todo el mundo. El hardware procede del programa antiproliferación de Estados Unidos conocido como “Segunda Línea de Defensa”; la primera línea es el esfuerzo internacional para garantizar la seguridad de los materiales nucleares en su origen. El objetivo a largo plazo de este programa, dirigido por la Administración de Seguridad Nuclear Nacional del Departamento de Energía de Estados Unidos, es proteger más de 650 emplazamientos situados en 32 países diferentes. El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, que ha convertido la no proliferación en una de las piedras angulares de su política exterior, presentó una solicitud de presupuesto para continuar con este objetivo en 2011, duplicando la financiación anual para la Segunda Línea de Defensa hasta alcanzar más de 500 millones de dólares en 2015.

“Se podría atrapar a los Richard Reid, pero no a los Mohamed Atta.”

Teniendo en cuenta la magnitud de este esfuerzo, al que hay que sumar la financiación de la Unión Europea en materia de formación, da mucho que pensar lo fácil que resulta burlar las defensas. Los monitores de radiaciones han conseguido interceptar algunas fuentes radiológicas, como sucedió en el incidente de agosto en Sadakhlo. Pero sólo una vez han logrado interceptar material fisible apto para la fabricación de armas nucleares, también en Sadakhlo. Por aquel entonces el puesto no contaba con tecnología tan avanzada y los detectores eran de un modelo anterior. No obstante, el 26 de junio de 2003, los guardas fronterizos consiguieron cercar al ciudadano armenio Garik Dadayan, que llevaba 170 gramos de uranio muy enriquecido (HEU). Aunque esta cantidad no es suficiente para fabricar un arma nuclear —harían falta más de 10 kilogramos—, el caso confirmó la existencia de un mercado negro de materiales de fisión. En opinión de los funcionarios estadounidenses, también validó el uso de los detectores.

Pero no todo el mundo está tan seguro. “La policía de fronteras dijo que el detector funcionó, pero otros funcionarios sostienen que [el uranio] no fue detectado”, señaló Alexandre Kukhianidze, director de la Oficina del Cáucaso del Centro para la Delincuencia Internacional y la Corrupción en Tbilisi.
Sin embargo, una cosa está clara: las soluciones tecnológicas, como los monitores de radiaciones, están muy lejos de ser la panacea para detener el contrabando nuclear. Y en Georgia encontramos un excelente caso práctico para saber por qué.

Medidas de seguridad estrictas

Durante un tiempo, el contrabando y los sobornos se convirtieron en una forma de vida en Georgia, situada en una zona de paso estratégica entre Rusia y Turquía. Esto fue especialmente grave en la época postsoviética, cuando el caótico régimen del ex presidente georgiano Eduard Shevardnadze dejó a la policía con una escasez crónica de recursos y, por tanto, susceptible a los sobornos. Pero tras la caída de Shevardnadze durante la Revolución Rosa de noviembre de 2003, el gobierno que le sustituyó impulsó reformas radicales, estrechó los vínculos de Georgia con Occidente y amplió la cooperación con los programas de seguridad nuclear occidentales. Actualmente Georgia está considerada como un ejemplo en el ámbito de la no proliferación.

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[ Los puertos y fronteras de Georgia cuentan con algunos de los detectores nucleares más avanzados del mundo. ]

Los funcionarios tienen una fe ciega en los detectores de radiaciones. Sin ellos, intentar detectar materiales radiológicos no aptos para fabricar armas nucleares sería como operar “sin manos ni piernas”, afirmó Alexander Okitashvili, subdirector de la policía de fronteras georgiana, mientras examinaba en tiempo real los vídeos de las fronteras desde su despacho de Tbilisi. Tanto los funcionarios estadounidenses como los georgianos coinciden en que los materiales radiológicos son, con mucho, la mayor amenaza de contrabando nuclear; de hecho, 321 de los 336 casos confirmados de tráfico nuclear ilícito denunciados ante el Organismo Internacional de la Energía Atómica de Viena entre enero de 1993 y diciembre de 2008 fueron de este tipo. Sólo en 15 casos había HEU o plutonio aptos para fabricar armas nucleares.

No obstante, los monitores no están libres de problemas. Uno es su tendencia a dar falsas alarmas. Y otro, paradójicamente, es que los materiales potencialmente más mortíferos —HEU y plutonio fisibles— no son muy radiactivos. Una mejora obvia fue dotarlos de la posibilidad de detectar los neutrones procedentes de las reacciones de fisión espontáneas que se producen en cualquier material apto para fabricar bombas. Los aparatos originales, que fueron instalados en Georgia y otras partes del mundo por el Departamento de Estado de Estados Unidos durante los años noventa, sólo podían detectar rayos γ. Los nuevos monitores en pórtico se instalaron el pasado año, y hoy en día pueden verse en todos los pasos fronterizos, puertos y aeropuertos de Georgia.

Otra mejora que actualmente estudian los físicos del Pacific Northwest National Laboratory de Richland, Washington, es equipar los detectores con algoritmos de “ventanas de energía” que proporcionen una medida aproximada de la energía de los rayos γ. Cada elemento tiene un espectro de rayos γ único, de forma que los detectores podrían distinguir entre los materiales naturalmente radiactivos y las amenazas reales. Los investigadores también intentan mejorar la detección de neutrones estudiando de qué forma emiten neutrones los materiales expuestos a los rayos cósmicos.

Sin embargo, ninguno de estos esfuerzos tecnológicos ha logrado solucionar los problemas de carácter no técnico, mucho más graves, de los detectores, como lo es el hecho de que sólo se instalan en los puestos de control oficiales. Georgia no ha instalado detectores en las fronteras con las regiones disidentes de Abjasia y Osetia del Sur (véase el mapa), apoyadas por Rusia, porque hacerlo sería reconocer tácitamente la independencia de esas regiones. Tampoco puede controlar lo que pasa en las fronteras entre Rusia y estas regiones, que durante mucho tiempo se han considerado paraísos del contrabando.

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Teniendo en cuenta estas realidades, las voces críticas sostienen que los detectores sólo son eficaces contra aquellos contrabandistas demasiado tontos o vagos para sortear los puestos de control o demasiado incompetentes para blindar el material que transportan. “Se podría atrapar a los Richard Reid, pero no a los Mohamed Atta”, afirmó el físico nuclear Thomas Cochran, del Consejo de Defensa de Recursos Naturales de Nueva York, comparando al “terrorista del zapato” con el líder de los secuestradores del 11 de septiembre de 2001.

Aficionados ambiciosos

Pero en este juego también hay muchos aficionados, comentó Archil Pavlenishvili, principal investigador nuclear de Georgia. Pavlenishvili, funcionario de policía licenciado en ciencias químicas, dirige un pequeño equipo gubernamental creado en 2004 para investigar incidentes nucleares. Según él, los contrabandistas aficionados intentan estafarse continuamente unos a otros comercializando “mercurio rojo”, una sustancia inexistente que supuestamente puede utilizarse para fabricar armas nucleares. “En 2006, tuvimos un caso en el que un turco trató de pasar cesio-137 real —declaró—. Colocó el cesio dentro de un líquido rojo e intentó venderlo como mercurio rojo; el cesio tiene una radiación muy potente.”

Pero por cada inepto hay un número desconocido de contrabandistas inteligentes que se escapan a los detectores de radiaciones, comentó Pavlenishvili, quien añadió que su equipo captura entre dos y tres redes de contrabandista cada año.

Contra ellos, dijo, la respuesta es el trabajo policial puro, de baja tecnología. En 2005, por ejemplo, un chivatazo le permitió montar una operación encubierta junto con su equipo. Capturaron al ruso Oleg Khintsagov en un suburbio de Tbilisi intentando vender 100 gramos de HEU a un supuesto intermediario turco, cuando en realidad se trataba de un policía georgiano. Cuando le arrestaron, Khintsagov explicó que la sustancia azul grisácea era tinta de impresora. En realidad se trataba de uranio enriquecido al 89% del isótopo fisible, uranio-235, apto para fabricar armamento militar.

Existe otra incógnita que resulta aún más preocupante para los especialistas en seguridad nuclear, especialmente cuando se habla de contrabando radiológico. “Hay un mercado y algo lo mueve”, aseguró un policía estadounidense que trabaja en estos asuntos y que sólo aceptó hablar si se respetaba su anonimato. “Tenemos que saber por qué la gente está tan interesada en conseguir el material.”

Ningún detector del mundo puede responder a esta pregunta. Tampoco los contrabandistas apresados, que habitualmente tratan con intermediarios y ni siquiera conocen al cliente final. Dadayan, por ejemplo, proporcionó muy poca información útil y fue devuelto a las autoridades armenias poco después. Khintsagov sigue en una prisión georgiana negándose a hablar. Ni siquiera el armenio capturado en agosto pasado dio respuestas definitivas. “El conductor contó una historia increíble —afirmó Pavlenishvili—. Trabajaba en una emisora de radio y dijo que, como manejaba equipos electrónicos, quizá su coche y sus ropas estaban contaminadas. Por supuesto eso es mentira. Pero como no pudimos encontrar en el coche el origen de la radiación —continuó Pavlenishvili—, no teníamos ninguna posibilidad legal de arrestarle.” Sencillamente, le dejaron marchar.


 
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